Navidad, dulce Navidad


Al ser humano le gusta dejarlo todo para el final: estudiar los exámenes, hacer los trabajos, preparar los proyectos, morirse… Por eso esperamos a que llegue el mes de diciembre para quedar con los compañeros del colegio, los del instituto, los de la facultad, los del trabajo, los amigos del barrio y los del club de amigos de la papiroflexia, para salir a cenar y darnos juntas todas las juergas que no nos hemos dado durante el resto del año.
Es la época de iluminar las calles, los balcones o los abetos de cada casa con una sola máxima: todo exceso es poco, y si conseguimos el apagón, mejor.
En Navidad hay que beberse hasta el agua de los jarrones que podrían caber en un museo especializado en la dinastía Ming. Cualquier excusa es válida, bien que para eso hemos pagado la barra libre, bien que paga la empresa. Y da igual si te ve borracho la jefa del departamento, total, ella está bailando en actitud sensual con el becario encima de la mesa del restaurante mientras el listillo que no bebe nunca le graba con su smartphone para ascender el año que viene. Y comer… No puedes decepcionar a tu madre, que se ha dejado la piel durante tres días montando canapés y cocinando el pavo, el cordero y el besugo para que tú te los comas en una hora. Aunque si dejas algo da igual, al día siguiente toca bocadillo de pavo con langostinos y lombarda, sobre salsa de arándanos y puré de patata.
En estos días también nos gusta acumular en nuestras arterias más azúcar que en todos los niveles juntos del Candy Crush. De hecho, contra los vampiros existen dos remedios: el primero son los ajos; el segundo la Navidad, por miedo a caer en un coma diabético.
Navidad, dulce Navidad.

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Los frutos secos

Un día, comiendo pipas de calabaza mientras escribía, comencé una conversación con @Ayahara que dio sus frutos. Y es que, en nuestras profundas reflexiones, nos dimos cuenta de que no todos los frutos secos son iguales. Existen frutos secos de masas y frutos secos de élite. El anacardo, por ejemplo, es un fruto seco de élite, el primo distinguido del cacahuete.  Aunque el anacardo no es lo que era desde que entra en revueltos con kikos y cacahuetes; tiempos mejores ha conocido. Los revueltos están hechos para compartir con amigos que se complementen en esto de los frutos secos. Con mi amigo Ignacio siempre me peleaba por los garbancitos; por cierto que hace tiempo que no le llamo, no por nada, es que cuando dos amigos no se ponen de acuerdo en las cosas más básicas de la vida, poco queda por hacer.

Los pistachos son un poquito menos secos que otros frutos, también rozan la élite. Y ¿qué decir del kiko? El hermano duro y robusto de la palomita. Yo soy de gustos más blanditos e intelectuales, por lo que me quedo con las palomitas y su olor a cine. No obstante, no todas ellas consiguen entrar entre las VIP (Very Important Palomita), depende de la maña que tengan para hacerlas en cada cine. Algunas las sirven tan saladas que se podrían curar jamones entre ellas, mientras que con otras sientes como si masticaras chicle sabor palomita. Y eso que por lo que cobran por ellas, bien las podría cocinar Chicote sobre una exclusiva palomitera situada en el lateral de tu asiento para servírtelas siempre recientes mientras disfrutas de la película. Pero nunca llegarán a ser como las palomitas hechas en casa con sartén, a lo vintage. Además, traen de regalo el espectáculo de saltos y fuegos artificiales palomiteros.

Recientemente me he enterado de que el cacahuete no es un fruto seco, sino una leguminosa. Menudo shock. Es como cuando descubres que los Reyes Magos son los padres…pues igual con el cacahuete. Esto tiene grandes repercusiones. El famoso libro de Luis Piedrahita: “Un cacahuete flotando en una piscina, ¿sigue siendo un fruto seco?” quedaría tal que así: “Un cacahuete flotando en una piscina, ¿sigue siendo una leguminosa?”; no lo veo… En esto de los frutos secos todos tenemos un puntito masoca, ya que de los que más disfrutamos son de los que más trabajo nos dan: las pipas. A pesar de ello, nos acompañan en los momentos más relajados de nuestras vidas. Yo misma he redactado este texto mientras comía pipas de calabaza. Y es que lo que bien empieza, bien acaba.

Gracias a @Ayahara por su conversación de la que ha salido este monólogo ordenando un poco todas las ideas locas que tuvimos. Y de forma indirecta a Luis Piedrahita, que ya hizo hace años su monólogo sobre los frutos secos, del que éste tan sólo puede ser un humilde homenaje.

Dime con qué te acuestas y te diré quién eres.

La cama es un lugar muy íntimo y personal, por ello elegimos muy bien lo que ponemos sobre ella (ejem).

Con qué se va uno a la cama dice mucho de su persona. Ojo, con qué, que no con quién. Aunque el con quién también aporta mucha información. ¿Te acuestas con modelos?: eres futbolista; ¿con cantantes de copla?: eres torero; ¿con empresarios?: eres rubia y de pecho prominente; ¿con Leticia Sabater?: eres masoca (en este caso sí se podría aplicar el “con qué”).

Es posible obtener información acerca de aquel que yace sobre una cama tan sólo con conocer sus sábanas. Por ejemplo, las sábanas nos dicen mucho según su procedencia. Están las sábanas de Ikea, a las que recurren los prácticos a los que les gusta pasar desapercibidos, ya que media España tiene las mismas (y la otra media ese modelo pero en su versión de estampado de flores). Por otro lado están las sábanas de ajuar. Los más conservadores guardan las sábanas que sus abuelas compraron cuando tenían 11 años pensando en el día en que se casarían. Huelen a moho, y las sábanas a veces también.

Otro dato que aporta mucha información es la tela con la que está confeccionada la sábana. Las hay de algodón, éstas las compran las madres. Las sábanas de seda sin embargo son para los más pudientes, mientras que las de raso, brillo satén, son para aquellos que quieren dar a su cama un toque de erotismo. No entiendo por qué las sábanas de raso tienen esa fama, si uno se escurre entre ellas como una pescadilla, y además las durezas de los pies se enganchan, lo cual no resulta excesivamente erótico.

Hablando de erotismo, hay algo que corta todo el rollo de un posible coito, mucho peor que las sábanas de raso. Ligas con un atractivo hombre que te lleva a su casa, emocionada por lo difícil que está hoy en día encontrar a uno de 30 que no viva con sus padres, te sirve una copa de champagne del caro y te guía hasta su habitación , enciende una tímida luz y ¡zas! te topas de frente con las sábanas de Spiderman. ¡Qué bajonazo!. Y es que hay otro aspecto de las sábanas que nos aporta información, el motivo del estampado. Cuadritos para los hogareños, flores para los ñoños y Spiderman para los niños y los treinta-añeros con muy pocas posiblidades de mojar. Y no nos podemos olvidar de la clásica sábana blanca, utilizada en todos los anuncios de detergentes y lejías, símbolo de limpieza obsesiva. Luego están los estampados raros, como el de aquel que puso su cara en una sábana, la sábana santa la llaman, aunque estoy segura de que no era más santa que la de Spiderman.

Las distintas combinaciones dan mucho juego (de cama). Hay quien se decanta por el juego de bajera, sábana, colcha y/o manta, mientras que otros prefieren la bajera con una funda nórdica. La elección de uno u otro depende del momento vital. Las madres apuestan por la primera combinación y hacen la cama cada mañana sin dejar ni una arruga, echándola a lavar una o dos veces por semana. Los adolescentes también usan la primera, pero dejan la manta o la colcha estirada disimulando un gurruño de sábanas por debajo, que echarán a lavar sólo cuando el color de sus madres torne a rojo intenso. Cuando uno se independiza es cuando ve la luz y descubre la funda nórdica, que sólo hay que estirar con un ligero movimiento de muñeca y ¡tachán! ¡cama hecha!. Milagroso. Algunos hombres cuando se independizan y van a comprar su primera ropa de cama se emocionan doblemente con este hallazgo, porque…¡también hay fundas de Spiderman!.

Mucho cuidadito cuando llevéis a alguien a vuestras camas, porque con sólo ver vuestras sábanas os pueden destapar, y corréis el riesgo de resfriaros.

Te invito a mi boda

“Te invito a mi boda”. Se dice pronto. A pasar juntos ese día tan maravilloso para las parejas y no tan maravilloso para los invitados. Porque el ser invitado a una boda se puede considerar más una jugarreta que un bonito ofrecimiento.

Todo empieza con la recepción de la invitación. Te llega un precioso sobre, con tu dirección escrita a mano con una perfecta letra de imprenta. Ya te empiezas a mosquear. Miras el remitente y pone “Juani y Paco”, y piensas, ¿y esos quiénes narices son?.  Vas a por el teléfono, llamas a tu madre, que te explica brevemente: “Que sí hombre, la Juani es tu prima segunda, la tercera del tío Frascasio, que se fue a vivir a Badajoz cuando se casó con tu tía Marga, y tuvo cuatro hijos, tres chicas y un chico,  que la primera se casó hace quince años, y ya tiene dos niños, bien mayores que están, la segunda no hay quien la coloque, de lo fea que es la pobre, cómo se nota que se parece a su madre, porque en la familia somos todos bien parecidos, y el chico, qué decir, un buen chico, ese hijo que toda madre quisiera tener, pero entre tanta mala mujer acabó medio loco, creo que se fue a vivir a Londres, por huir de aquel ambiente, a un apartamento en el centro, muy cerca del metro, pero no me hagas caso, que hace mucho que no sé nada de ellos, y además yo no soy de meterme en la vida de los demás, que allá cada uno con lo que haga. Pues eso, tu prima, la Juani, que se nos casa, ¡ay qué alegría!”.

Si consigues pasar de nivel zafándote de las breves explicaciones de tu madre, abres el sobre. Una tarjeta nacarada te sorprende con un empalagoso texto: “Juani y Paco están enamorados y quieren invitarte a su unión”. Fantástico. No contentos con cagarla, deciden hacerte partícipe.

Pero la apertura del sobre no es más que el comienzo de una pesadilla.

Si eres mujer:

Toca ir a comprar el modelito. Si esta tarea ya es normalmente laboriosa, cuando lo haces para una boda es aun peor. Porque no vale cualquier vestido, hay unas reglas, lo llaman “protocolo”, yo lo llamo “dar por culo”. Esto es, que según sea de mañana o de tarde has de ir de corto o de largo, hay algunos colores prohibidos, como el blanco porque es el color del que va la novia, sin escote si es por la Iglesia, que si mantilla sí, mantilla no… Como si no tuviéramos bastante con acertar con un vestido que no nos haga gordas, las pantorrillas feas, demasiados hombros, mucho culo, barriga saltona, busto deforme, que vaya con el color de nuestros ojos pero a la vez realce nuestra belleza natural sin ir excesivamente recargadas pero tampoco muy sencillas.

Cuando por fin das con el vestido ideal, toca comprarse los zapatos. Los otros zapatos, porque un día, antes de comprar el vestido, te compraste unos ideales de la muerte que no pegan nada pero se te antojaron y te autoengañaste pensando que encontrarías un vestido que les iría bien.

También hay que comprarse unas medias que, por muy fuertes que sean, no sobrevivirán a la noche, está comprobado. Hay chicas que acumulan más carreras al final de la fiesta que Fernando Alonso en toda su vida.

Y hasta aquí, lo que podríamos llamar el modelito básico. Luego hay que encargarse de los complementos que sirven para arreglar lo inadecuado del modelito básico.

Los zapatos B, esos que las mujeres precavidas llevan a las bodas, sin tacón, para cuando se cansen de andar sobre un par de agujas por calles empedradas. Porque, por si no os habéis fijado, las iglesias están todas hechas a mala leche, sabiendo cómo vestimos las mujeres en las bodas, todas están construídas en lugares rodeados de calles empedradas. Cómo se nota que las levantaron los hombres.

Por otro lado, hay que solventar el hecho de haberte comprado un vestido de tirantes para una boda en octubre, cuando ya todo el mundo va con abrigo. Que si torera, que si chaqueta, que si echarpe…

Adquirido todo esto, ¡ya podemos decir que estamos listas!.

Si eres hombre:

Te pones el traje de las ocasiones, o lo alquilas si no tienes.

Si pensáis que los hombres son unos afortunados por la sencillez de la preparación estáis equivocados. Es una trampa. Hay que ponérselo fácil para que accedan cuando una mujer les pida que sean sus acompañantes. Y es que los hombres tienen una misión indiscutible en una boda, además de comerse todas las sobras del convite: ejercer de perchero. Cuando la mujer decide salir a echarse unos bailoteos y lucir el tirante del vestido, alguien se tiene que encargar de portar los zapatos de tacón, el echarpe, la torera y la mantilla.

No es fácil ser invitado a una boda. Por eso acaban vengándose de los novios haciéndoles alguna putadilla, del tipo darles el dinero en monedas de un céntimo, dejarles sin llaves de la casa, pincharles las ruedas del coche o cortarles los brazos y las piernas. ¡Que vivan los novios! Al menos lo suficiente para que sufran como invitados en las bodas de quienes fueron sus invitados.

Luis Piedrahita en Reflexiones del Meñique (Cadena SER)

Ese ser que es Luis Piedrahita aparece en la nueva Sección “Reflexiones del Meñique” de la cadena SER. En ella habla de las cosas pequeñas, aquellos detalles de la vida a los que sólo Luis sabe darles su merecida importancia.
Bajo el vídeo de la canción de cabecera podéis encontrar los enlaces para escuchar al más grande de lo más pequeño. A sólo un click del mejor humor.

Reflexiones del Meñique 3/09

Reflexiones del Meñique 10/09

Reflexiones del Meñique 17/09

Reflexiones del Meñique 01/10

Para verlo en vídeo:
Reflexiones del Meñique Vídeo 01/10

Reflexiones del Meñique 10/10

Reflexiones del Meñique 18/10

Reflexiones del Meñique 22/10

Reflexiones del Meñique 5/11

Reflexiones del Meñique 12/11

Reflexiones del Meñique 19/11

Reflexiones del Meñique-Las asas

Reflexiones del Meñique 3/12

Reflexiones del Meñique 18/12

¡Primera reflexión del 2013!
Reflexiones del Meñique 4/01/2013

Reflexiones del Meñique-Cuando cortan el agua

Reflexiones del Meñique-¿Qué tipo de comida son las aceitunas?

Reflexiones del Meñique-Oda a las legañas

Reflexiones del Meñique-El olfato y los olores

Reflexiones del Meñique-Las barras de bar

Reflexiones del Meñique-Los bocadillos

Reflexiones del Meñique-El suelo

Reflexiones del Meñique-Cómo dominar el tiempo

Reflexiones del Meñique-Los brazos, esos cilindros de carne

Reflexiones del Meñique-La crispanate relajación

Reflexiones del Meñique-Las cucharillas

Reflexiones del Meñique-Las camas y las pelusas

Reflexiones del Meñique-Las escobas y el recogedor

Reflexiones del Meñique-El azúcar, la cocaína de los niños

Reflexiones del Meñique-Las fotocopiadoras

Reflexiones del Meñique-El pan

Reflexiones del Meñique-El hamster es el único animal que huele mejor muerto que vivo

Reflexiones del Meñique-El pegamento, loarlo pero no olerlo

Reflexiones del Meñique-La ley más importante es la del mínimo esfuerzo

Las galletas


Todos sabemos lo que es una galleta. Es un golpe propinado a mano abierta más o menos fuerte sobre la cara, normalmente de otra persona. Pero hay otro tipo de galletas de apariencia más amable, aunque de fondo mucho más oscuro. Esas galletas destinadas al desayuno o la merienda, que tanto nos gusta mojar en leche. Pero, ¿os habéis planteado por qué las mojamos? Pues porque no hay un dios que se las coma en seco. Cada mes mueren aproximadamente mil personas incautas en el mundo por atragantamiento con galletas. Cuánto mal hizo Triki, que desde niños nos hizo pensar que era posible atiborrarse de galletas a palo seco sin sufrir consecuencias. Claro, ¡como él no se las tragaba!.

Las galletas no sólo se dividen en redondas y cuadradas, sino que cada una tiene su propia personalidad. Eso sí, todas tienen en común que son traicioneras, aun cuando decides mojarlas. Tenemos por un lado las galletas “impasibles” que cuando las mojas están igual de duras o más que antes de mojarlas. A algunos hombres les pasa con estas galletas que cuanto más se hacen las duras, más quieren mojarlas. En el otro extremo están las “blandengues”, esas que se deshacen nada más entrar en contacto con la leche para perderse desintegradas en la inmensidad de la taza. Las hay tan pusilánimes que se han dado casos de galletas que se deshacen sólo con el vaho de la leche caliente. Finalmente encontramos a las galletas “japutas”: las mojas, las sacas blanditas pero enteras, que parece que te dicen “acércate más para comerme, mira qué rica y jugosa estoy” y cuando lo haces, se descuelgan con todas sus ganas para caer con una violencia tal que provocan un tsunami de café que va directo a nuestra ropa mientras nos quedamos mirando con cara de tontos el trocito de galleta seca que nos quedó en la mano. Son dadas a hacerlo sobre todo cuando vamos de punta en blanco o tenemos prisa porque llegamos tarde al trabajo.

Yo creo que las galletas no quieren ser comidas, y por eso llevan a cabo todas estas tretas. Pero lo que no saben es que el ser humano es de naturaleza masoquista y muy dado, entre otras cosas, a desayunar aquel producto que se hace el duro, no se quiere mojar y le deja tirado en el peor momento. Al fin y al cabo, es lo mismo que le ocurre cuando decide votar a un partido político.

Las parejas

Muchas personas que están solteras añoran tener una pareja. Lloran a moco tendido con las historias de amor de las películas, se enternecen viendo parejas de viejecitos paseando de la mano y se mueren de la envidia viendo a los jóvenes retozar en los parques.

Lo que no saben, porque tampoco lo explican en las películas, es que la pareja es el peor enemigo que uno se pueda echar. No las parejas de unos meses, donde la gilipollez aturde, sino las que duran un poco más. Llega un día que todo el dulzor se torna escozor. La pareja se vuelve capaz de sacar lo peor de uno mismo, de hacer pasarse al lado oscuro de la fuerza para robarle el bocadillo a Darth Vader.

Hay un momento cumbre que marca el inicio de una nueva era en una relación: el primer pedo. Ese pedillo tímido, que sale en un momento de relax de su portador, es muy traicionero. Y no para el que se lo tira, al que sólo le supone unos minutos de rubor, sino para su pareja. Lo único que le sale a uno es reírse de tal ridículo gas, sin saber que con ese gesto está firmando una autorización a que, a partir de ese momento, aparezcan todo tipo de productos gaseosos por diversas vías,  en todo su esplendor si así fuera necesario, y en ocasiones aunque no lo sea. Claro que esto no se puede generalizar a todas las parejas. Las hay que prefieren respetar al otro guardando los gases para sí. En Ohaio hay una pareja de ancianos que celebraron sus bodas de oro por todo lo alto, en concreto en la estratosfera, a donde llegaron gracias a los gases acumulados durante todos esos años de amor. Pero, hay que reconocerlo, el primer pedo es una muestra de que una relación va viento en popa y de que beben los vientos el uno por el otro. Llegado el día, si los miembros de la pareja deciden finalizar la relación, se mandan a tomar vientos frescos y respiran tranquilos.

A veces las parejas buscan compartir actividades con otra pareja de amigos, por ejemplo jugar a un juego de mesa que implique tener que fastidiar de alguna manera a otros para ganar. Ahí tu pareja se convierte en diana de todas las putadas, lo que conlleva discusión asegurada. En ocasiones la mujer trata de amenazar al hombre “¡como mates a mi explorador de nivel 5, hoy te quedas sin sexo!,lo cual no surte efecto, porque el hombre le responde “ah, pues como todos los días, ¡así por lo menos me desquito!” y lo mata. Otras son más listas y amenazan con lo que de verdad les llega a los hombres “¡como mates a mi explorador de nivel 5, mañana le digo a mi madre que venga a comer a casa!, y no falla, no sólo no lo matan sino que empiezan “sutilmente” a cometer fallos que “casualmente” facilitan que la mujer gane la partida.

Pasar tiempo en plan parejita tampoco arregla mucho las cosas. Es decidir ir a ver una peli al cine y la polémica está servida. Uno se empeña en ver esa en la que salen todos los mitos de las pelis de acción juntos, mientras que la otra prefiere aquella que ha obtenido tantos premios de la crítica por su trasfondo social. Sea cual sea finalmente la película elegida, ambos salen perdiendo. El que no quería verla, porque ha pagado a precio de oro el pasar dos horas sentado aguantando un bodrio, y el otro porque durante toda la película tiene que ver las caras de indignación del primero y escuchar después durante tanto tiempo o más del que duró la película, los consiguientes comentarios y quejas: que si esa peli sólo es un conglomerado de músculos y testosterona, que si la otra es más aburrida que jugar al baloncesto con un balón cuadrado… Claro que a ellos les sale aún más caro porque, para compensar el daño, les toca a la semana siguiente ir a ver el Cascanueces, y eso ya no hay efecto explosivo, cochazo ni salto mortal con patada lateral que lo compense.

Una de las actividades más desagradables para realizar en pareja son los deportes de equipo en los que surge el afan de ganar a los demás a costa de dar órdenes a la pareja como “¡sube!”, “¡baja!” “¡salta!”, “¡no saltes!”, “¡corre!,”¡no corras!”, “¡más a la izquierda, nooooo, más a la derecha!, “¡chutaaaaa, chutaaaaa!”; o dar consejos útiles para que mejore la técnica “¡¿¿pero quieres darle??!”, “¡¿por qué tiras ahí?!” “¡muévete, que te pesa el culo!”, “¡mañana no te dejo repetir cocido!”. Aunque nada comparable con cómo se ponen los chicos cuando la chica, por hacer algo juntos, decide jugar una partida con él a la consola. Dan órdenes “¡sube!”, “¡baja!” “¡salta!”, “¡no saltes!”, “¡corre!,”¡no corras!”, “¡más a la izquierda, NOOOOOOO, más a la derecha!”, “¡chutaaaaa, chutaaaaaAAaAAaAAAaaAAAAAAAA!” pero con los ojos inyectados en sangre, soltando espumarajos por la boca mientras les gira la cabeza a lo niña del exorcista y sostienen el mando con tal tensión que las venas de los brazos parecen calabacines.

Hay otro tipo de actividades que, por razones médicas, no se pueden llevar a cabo juntos. Por ejemplo, la alergia que tiene por lo general el género masculino a las tiendas y centros comerciales. Está absolutamente desaconsejado el contacto de los hombres con estos lugares, siendo recomendado el reposo domiciliario. En caso contrario, las consecuencias pueden ir desde la simple urticaria, a una grave hinchazón de la zona genital. Cuentan que una vez un hombre llegó a estallar en la cola de los probadores de un Berska en rebajas.

Así que cuando veáis a una tierna pareja de enamorados mirándose con ojillos de felicidad, pensad que sólo hay dos posibilidades: o acaban de empezar a salir, o están contentos y sonrientes porque están maquinando cómo le van a devolver al otro la última de Van Damme.

La fauna y flora nocturnas

Cuando se oculta el Sol, desde la forma de vestirnos, hasta la manera de la que actuamos cambian. Las mujeres que por el día se han echado colonia de bebé, por la noche se vaporizan intensos perfumes, mientras que los hombres que a la mañana olían a axila revenida, cuando llega la noche atufan a una mezcla entre la axila revenida y un desodorante con el cual, según anuncian en la tele, las mujeres caen rendidas a sus pies; y no es de extrañar que caigan redondas, semejante peste te golpea en la nariz con más fuerza que un derechazo de Mike Tyson.

Salir de noche permite contemplar especímenes de día inusitados:

“El cuarentón trajeado”, se pasea por todo el bar copa en mano, arrimándose a los grupos de gente como si estuviera perfectamente integrado pero sin hablar con nadie y más pedo que Alfredo. Guarda para sí la intrigante historia de lo que ocurrió entre que se puso el traje de chaqueta y corbata en su casa y llegó al bar. Todo un misterio.

“La despedida de soltera”, fácilmente reconocible por ser un grupo de chicas con un pene en la cabeza que piropean a grito pelado a todo hombre con el que se cruzan.

“El ligón solitario”, ese maromo “typical spanish” que lanza miradas obscenas con los codos asentados en la barra y que, ante la evidente señal de tu cara de asco, decide atacar como si tuviera alguna posibilidad con la demoledora frase “Hola guapa, ¿vienes mucho por aquí?”.

“Los divorciados”. Los hombres provenientes de matrimonios rotos son los más marchosos de la disco, sacan a todas las chicas a bailar y de paso aprovechan para arrimar cebolleta.

“Las divorciadas”, mujeres desatadas con gusto por un estilismo muy particular consistente en zapatos de tacón, falda muy corta, una carrera en las medias, y mínimo una prenda con estampado de leopardo; en cuanto a maquillaje, es importante que sea recargado y con la máscara de pestañas corrida.

“El pavo real” es aquel que en los bares despliega todos los medios a su alcance para que la hembra se fije en él. Entre sus conductas de cortejo se encuentra el roce “casual”, consistente en pasar varias veces hacia el baño, como si estuvieran mal de la próstata, por al lado de la hembra, pasando el brazo por su cintura y pronunciando la palabra “disculpa”. Si así no consigue llamar su atención, el pavo baila desencajándose las caderas, canta desgañitándose y agita la melena al viento mientras echa miradas furtivas para comprobar que la hembra se ha fijado en él. Como último recurso, se acerca de forma “disimulada” y se planta a su lado, esperando a ser visto para proceder a atacar (o no).

“El vendedor de flores”. Este señor, típicamente de nacionalidad india, se encarga de cortar el rollo en los bares poniendo delante de la cara de las mujeres un ramo con flores, e insistiendo para que el chico con el que van, da igual que sea su novio, su primo o su vecino, les regale una. Animan al ligón solitario y al pavo real a ser aun más pesados. También les gustan los objetos con lucecitas de colores, llevándolos puestos a menudo para que los más horteras del lugar, atraídos por las luces que se encienden y se apagan, vayan a comprar una diadema de cuernos con luz intermitente o unas gafas de montura chispeante que lucirán dichosos el resto de la noche.

Merece por tanto la pena salir por la noche, meterse en el rol de observador, casi antropólogo, y admirar estos curiosos comportamientos nocturnos que se pierden aquellos que no son dados a trasnochar.

¿Conocéis algún otro especímen de la noche?

Si yo fuera extraterrestre, aquí no venía (Parte II)

Para recordar la parte I, pincha aquí.

En la primera aventura del extraterrestre becario, este observó atónito algunos comportamientos del día a día de los humanos. Lo que no sabéis, es que a su vuelta sus jefes quedaron tan encantados con todo lo que les contó, que quisieron que volviera. Así que, aunque con un poco de recelo, cogió la nave y puso de nuevo rumbo hacia la Tierra.

Pensó que sería buena idea sobrevolar durante un rato para tomar algunas notas. Así, nuestro amigo apuntó cómo los terrícolas se organizan en núcleos y viven en cubos. Vio que cuanto más grandes eran los núcleos, más apilados estaban los cubos, llegando algunos a ser muy altos. Y también pudo ver que a los habitantes de los núcleos grandes les gustaba el color gris, ya que lo hacían todo de este color: el suelo, los cubos, hasta el aire que respiraban lo pintaban de color gris, mientras que a los habitantes de núcleos pequeños les gustaban mucho más los colores vivos (verde, rojo, amarillo…).

Sobrevolando por encima de un gran núcleo, algo en especial le llamó mucho la atención. Un rectángulo de un verde inusitado, perfectamente cuidado, alrededor del cual se levantaba una gran edificación. Sacó un catalejo de última generación en su planeta que le permitió comprobar cómo la edificación estaba repleta de humanos por la parte de dentro, que miraban muy fijos al rectángulo verde. ¡Interesante!, pensó. Sin duda se trata de algo muy importante, si tantos humanos se reúnen para verlo. Tal vez a estos humanos sí les gustaran los colores vivos, y se reunieran para poder contemplar un trozo de color recortado de las afueras. Su atención se centró luego en el rectángulo verde, y ya de cerca, pudo ver que había unos pocos humanos que correteaban por él, con una esfera a la que propinaban golpes. La mitad iban vestidos de un color, y la otra mitad de otro, probablemente se dividían entre los que les gustaba más un color y los que les gustaba más otro.

Con mucha curiosidad, decidió bajar para ver in situ qué es lo que estaba ocurriendo en aquel lugar. Esta vez le habían proporcionado un mayor presupuesto, y tomó una nave plegable, por lo que aterrizó en el tejado y se guardó la nave en un hueco en lo que los humanos llamarían espalda, que la evolución había concedido a su raza a modo de bolsillo, muy útil sin duda. Se descolgó del tejado y fue a caer sobre la multitud.

Pronto comprobó que el rectángulo verde con los humanos recorriéndolo de lado a lado tenía un poder estimulante. O más que estimulante, encolerizante. Los humanos observaban desde arriba con cara de enfado y hacían grandes aspavientos con los brazos mientras gritaban como si les fuera en ello la vida. El extraterrestre tuvo que usar su capacidad de aislar sonidos, la cual gastaba muchísimos recursos, pero no tuvo otra forma para poder analizar lo que allí se decía. Encontró frases como: “¡Árbitro, hijo de puta!”, “!El entrenador no tiene ni idea!”, “¡No me puedo creer el gol que ha fallado!”, “¡Eso es tarjeta!”. Estaba intentando descifrar aquellos mensajes cuando de repente ocurrió algo sorprendente.  Toda aquella masa humana se convirtió en un mismo ser.  Cada uno de aquellos humanos dejó de gritar de manera individual para sincronizarse en un grande y estrepitoso grito mientras se levantaban de sus asientos y levantaban los brazos. Analizó aquel extraño grito alargado en el tiempo. Venía a ser algo así como: GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL. Pensó que algo grande estaba pasando. Algo que él no podía comprender con su escaso cociente intelectual de 530. Quedó espectante, esperando que en cualquier momento se abriera un agujero espacio-tiempo en aquel rectángulo, que la estrella que les iluminaba, llamada Sol, brillara de una manera especial para todos los habitantes de la Tierra, o tal vez que el resto de planetas del Sistema Solar crearan una danza en honor al gran poder de los humanos. Pero nada de aquello ocurrió. Ni aquello, ni ninguna otra cosa. Tras aquel grito, cambiaron las caras de los humanos a caras de felicidad absoluta, que les duró poco, porque enseguida volvieron a la cara de enfado y a gritar de manera individual, y así hasta que parece que terminó aquel extraño ritual, y los humanos desalojaron los bordes del rectángulo. Salían agotados, algunos con cara de verdadera tristeza y otros con una inmensa alegría. Los que estaban tristes apenas hablaban, pero escuchó que algunos decían “La próxima vez será”, “Hemos tenido mala suerte”. Pensó que debía de tratarse de una parte de un gran ritual. Quizá se había perdido el gran evento porque tenían que ocurrir más rituales para que sucediera. Decidió volver para informar inmediatamente a sus jefes de este gran descubrimiento. Debían conocer estas prácticas tan avanzadas de los humanos y prepararse para asistir al gran evento final.

Desplegó su nave y tomó rumbo a su planeta, sabiendo con seguridad que no sería la última vez que vería la Tierra.