El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XXIII.

Ya está aquí, ya llegó, la siguiente entrega del relato. Espero que lo disfrutéis.

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AUTORA: PAZ

Cuando Théobald hubo terminado con su discurso, una avalancha de invitados se acercó a él para felicitarle y cruzar unas palabras. Marisa se quedó sola de repente, por lo que aprovechó para dar una vuelta por la sala y mirar los cuadros con más detenimiento. Todas las obras eran abstractas. Mostraban líneas rectas, curvas, trazadas con rabia o con dulzura, según la idea que quisera plasmar el autor en cada lienzo. Predominaban los colores negro y rojo. Llegó al cuadro que tanto le había inquietado cuando lo vio en la invitación de Théobald. Ahora veía claramente la S rodeada de un círculo, sin aparente sentido. En el lado izquierdo, sobre un minúsculo cartel, se podía leer el título “Secret inavouable”. Secreto inconfesable, tradujo Marisa para sus adentros. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. ¿Tenía algún sentido oculto aquel cuadro? ¿Guardaba Théobald algún secreto inconfesable? ¿Tendría relación con el tatuaje que creyó ver en su muñeca durante el paseo? El corazón de Marisa latía aceleradamente. De repente sintió una mano sobre su hombro que le hizo dar un salto hacia atrás dando un pequeño grito.

–       “Disculpa, no pretendía asustarte”, le dijo Joachim en francés. “Te traigo la bandeja con bebidas antes de que esos buitres acaben con todas”, le dijo a la vez que le guiñaba un ojo.

–       “Merci beaucoup”, le contestó Marisa con su cada vez más perfeccionado acento francés.

Tomó de la bandeja un vaso con un refresco. Joachim se alejó hacia la multitud agolpada alrededor de Théobald. De nuevo estaba sola frente al cuadro. Sintió un leve mareo. Tomó un sorbo del refresco, esperando sentirse mejor. No parecía mejorar. Esta vez quiso adelantarse al desmayo. Sacó de su bolso el pastillero, una cajita metálica que la acompañaba a todas partes desde que comenzó su enfermedad. Cogió una pequeña pastilla redonda de color blanco y la tragó con ayuda de un poco de líquido. El saber que el medicamento ya estaba en su cuerpo le tranquilizó, lo que le hizo sentirse algo mejor. Respiró hondo y decidió acercarse al grupo, esperando poder hablar con Théobald. Había alcanzado a dar tan solo un paso cuando de repente tuvo una extraña sensación que no había experimentado nunca antes. Un calor inmenso le subió por el cuerpo, a la vez que se debilitaba. Y luego, la nada.

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Marisa abrió los ojos. No podía ver nada, todo estaba oscuro. Se sentía confusa. Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la tenue luz de aquel cuarto sin ventanas. Las paredes eran de ladrillo. Había cajas y cuadros esparcidos por el suelo y apoyados en las paredes sin ningún cuidado. Pensó que quizás se encontraba en un almacén de la sala exposiciones. De pronto, se sobresaltó al descubrir una silueta al fondo.

–       “¿Théobald?”, preguntó, intentando vislumbrar a la persona que le observaba en la oscuridad.

–       “Ya te has despertado”, dijo una voz de hombre en francés.

Al principio dudó, pero pronto reconoció la voz. Era la última persona con la que había hablado antes de desmayarse: Joachim.

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