El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XXI.

Os dejo el siguiente capítulo de la historia de la española y el francés.

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AUTORA: PAZ

Tacones

Marisa se levantó apresuradamente, se enrolló la toalla que había quedado tirada en el suelo y se acercó a la puerta.

–       “Service de chambre”, escuchó decir a una voz al otro lado.

Abrió la puerta y vio a una mujer vestida con uniforme al lado de un carro lleno de sábanas y toallas que tenían como destino la lavandería del hotel.

–       “Bonjour madame, service de chambre”, repitió la mujer con un tono algo más firme al ver que Marisa no respondía.

–       “Non, non, merci”, dijo al fin Marisa.

La mujer echó la mano hacia el interior de la habitación para coger el cartel que pendía del pomo de la puerta; señaló imperiosamente con el dedo el lado en el que se podía leer “Ne pas déranger” y lo colocó en el pomo que daba al pasillo mostrándoselo bruscamente, con actitud de enseñar a quien prentedía escasas entendederas.

–       “Merci, madame” dijo Marisa a la mujer que ya se alejaba por el pasillo empujando el carrito mientras despotricaba en francés.

Marisa cerró la puerta y sintió un dulce beso en su hombro que le erizó el vello de todo el lado izquierdo de su cuerpo. A su espalda se encontraba Théobald, que ya se había vestido.

–       “Lo mejor será que te vistas y salgamos a comer algo”, le susurró al oído mientras rodeaba firmemente su cintura con los brazos.

Con pocas ganas, Marisa se puso lo primero que encontró y bajaron a un pequeño bistró en la misma calle del hotel donde disfrutaron de una deliciosa fondue de queso y unos profiteroles. Salieron del restaurante rápidamente para volver al hotel donde se cambiaron. Marisa eligió un pantalón ancho de vestir en tono crudo, una camisa blanca con un chaleco oscuro por encima y una corbata, al más puro estilo Annie Hall, que remató con un gorro de fieltro. Por su parte, Théobald se puso un jersey de punto gris de cuello vuelto, pantalones vaqueros oscuros y cazadora de cuero marrón. Bajaron de nuevo y tomaron un taxi rumbo a la exposición de pintura de Théobald.

Permanecieron de pie frente a la puerta de la sala, aún cerrada. Una puerta de cristal con los marcos de madera envejecida dejaba vislumbrar un pequeño hall con paredes de un blanco inmaculado cubiertas de fotografías en blanco y negro de diversas exposiciones anteriores.

–       “He quedado aquí con Cendrine, la encargada de la sala”, dijo Théobald. “Creo que os llevaréis bien, tiene extensos conocimientos sobre arte”.

De repente, se levantó un fuerte viento que empezó a mover las hojas caídas de los árboles sobre las aceras. Comenzaron a caer pequeñas gotas, suaves antecedentes de una tormenta. Marisa se fijó en una esbelta mujer joven de cabellos castaños y ojos verdes que caminaba a paso ligero por la acera en su dirección. Llevaba zapatos de tacón y traje de chaqueta con una falda por encima de la rodilla que marcaba elegantemente sus curvas.

–       “Salut, Cendrine”, dijo Théobald con entusiasmo. “Te presento a Marisa; Marisa, ésta es Cendrine”.

–       “Encantada”, dijo Marisa.

–       “Enchantée”, le respondió Cendrine. “Théobald me ha hablado muy bien de ti”, pronunció en un casi perfecto castellano mientras abría con celeridad la puerta de la sala y les invitaba a entrar.

Marisa no pudo evitar sentirse algo celosa de aquella mujer con la que entendió que no podía competir en juventud, pero tampoco en apariencia, y miró a Théobald intentando vislumbrar algún atisbo de atracción hacia ella, quizás algún rescoldo aún vivo proveniente de una antigua relación. Simplemente le notó algo nervioso, pero no le resultó extraño dado que faltaba apenas media hora para el inicio de la inauguración de la exposición.

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