El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XVIII.

Me ha costado un poquito más de lo normal traducir esta parte, puesto que Laurent se ha emocionado escribiendo y ha hecho un texto algo más largo de lo acostumbrado, para deleite de los lectores (me incluyo). Pero por fin tenéis colgado el siguiente capítulo de la historia.

Para leer el anterior capítulo, pincha aquí.

Para comenzar el relato desde el principio, pincha aquí.

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Foto realizada en el Cementerio de San Isidro (Madrid). Autora: Paz.

AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ.

El sonido del despertador resonó a las nueve. Théobald se dio una ducha y permaneció durante una media hora bajo el agua humeante. Se afeitó cuidadosamente y se puso unos vaqueros, una camisa negra y sus zapatos sin haberse tomado la molestia, la víspera, de desatar los cordones. Salió del hotel, se paró sobre la escalera de entrada, respiró profundamente y tomó la primera a la derecha. El cielo estaba triste, el tiempo seco y muy frío. Se paró en el primer café del rincón y tomó un expresso con un gran vaso de agua y pidió igualmente un paquete de cigarrillos, lo que no se encontraba entre sus hábitos puesto que había dejado de fumar hacía diez años. Tras haber bebido su café de un trago y  engullido su vaso de agua, pagó dejando una propina sobre la mesa y salió a la acera. Pidió fuego al primer transeúnte que vio y encendió su cigarrillo nerviosamente. Inspiró lenta e intensamente la primera chupada para rellenar bien sus pulmones de este dulce humo grisáceo. Lo que espiró se mezcló con el humo blanco que salía de su boca en cada respiración. Théobald pisó su Malboro sin terminarlo pues le mareaba y le daba ganas de vomitar. Llamó un taxi y le pidió que le dejara en el cementerio de Motparnasse. No habló al conductor y se mordió las uñas, perdido en sus pensamientos, a lo largo de todo el camino. Pagó y salió sin decir adiós; luego entró decidido en el cementerio. La puerta de hierro forjado chirrió pero no opuso ninguna resistencia. Théobald sabía dónde se encontraba y caminaba a paso rápido. Se paró ante la tumba de Suzanne Doisneau, “née Potier”1.  Miró fijamente la tumba y, a pesar del frío ahora acrecentado por el viento, no se movió, cual estatua de mármol. Permaneció allí durante un tiempo indeterminado, hasta que no pudo más y cerró su abrigo ajustando el cuello. Sacó el paquete de cigarrillos de su bolsillo, lo aplastó con una mano y lo lanzó sobre la tumba, la mirada llena de resignación y tristeza. Salió del lugar de reposo más lentamente que cuando entró y esta vez cogió el metro hasta la estación Saint-Michel. Eran casi las once y media y Théolbald volvió al café donde, la víspera, había encontrado al hombre de negro. Se sentó en una mesa en un rincón vació del bar y esperó. Pidió un expresso con un gran vaso de agua y, cuando la silueta de la camarera se difuminó tras haber traído las consumiciones, vió enfrente suya al hombre de negro que le miraba fijamente. El hombre avanzó y, sin abrir la boca, se sentó en la misma mesa que Théobal, frente a él, y acabó por bajar los ojos. Y focalizando su atención sobre el café de Théobald, el hombre de negro comenzó a hablar tras algunos suspiros.

–       “¿Estás bien?”

Théobald no respondió y se hizo el silencio… Algunos segundos más tarde el hombre de negro retomó.

–       “Sé que me odias y no me perdonarás jamás, pero tienes que comprenderme.”

De nuevo el pesado silencio… El hombre de negro con las manos aún enguantadas en cuero tenía las manos temblorosas de nervios.

–       “¿Théo, cómo quieres que le diera la moralina cuando yo mismo tengo ese vicio? ¿Cómo habría podido decirle que parara cuando yo mismo no tenía la voluntad para parar? ¿Comprendes que no era posible, que no era creíble?”

El hombre de negro miró fijamente a Théobald cuyas mejillas estaban recorridas por lágrimas, pero sus ojos, tan rojos como tristes, desprendían una inmensa cólera.

–       “Háblame Théo, por favor.” Retomó el hombre de negro. “Respóndeme, por favor, hace ya siete años,  hay prescripción, ¿no?”

–       “¡No!” Replicó el pintor golpeando con el puño sobre la mesa. “¡Has conseguido parar esta mierda tras su muerte para salvar tu vida, mientras que si lo hubieras hecho antes habrías podido tal vez salvar la suya! ¿Qué he hecho yo, eh? ¡Desde que yo supe en qué estado estaba ella, lo dejé! ¡De un día para otro! Esperando que parárais también los dos. Pero tú, ¡vete a la mierda, que te den! Te puedes morir, me la pela. Si he venido aquí ha sido para aliviarme, para aliviar mi conciencia, para decirte lo que tenía que decirte y no para recoger los trozos. ¡Ahora desaparece de mi vida para siempre! ¡Gilipollas!”

1. “Neé Potier”: en las tumbas francesas las mujeres aparecen con el nombre de casada, especificando su apellido de nacimiento tras la expresión “neé”, es decir, “nacida”.

Para continuar leyendo, pincha aquí.

V. O.

La sonnerie du réveil retentie à 9 heures. Théobald pris une douche et resta près d’une demi-heure sous l’eau fumante. Il se rasa soigneusement et enfila un jeans, une chemise noire et mit ses chaussures sans avoir pris la peine, la veille, de défaire les lacets. Il sortit de l’hôtel, s’arrêta sur le perron, respira profondément et prit la première à droite. Le ciel était triste, le temps sec et très froid. Il s’arrêta dans le premier café du coin et pris un expresso avec un grand verre d’eau et commanda également un paquet de cigarettes, ce qui n’était pas dans ces habitudes car il avait arrêté de fumer depuis près de dix ans. Après avoir bu son café d’un trait et ingurgité son verre d’eau il paya en laissant un pourboire sur la table et sortit sur le trottoir. Il demanda du feu au premier passant qu’il vit et alluma sa cigarette nerveusement. Il inspira lentement et intensément la première taffe pour bien remplir ses poumons de cette douce fumée grisâtre. Ce qu’il expira ce mélangea à la fumée blanche qui sortait de sa bouche à chaque respiration. Théobald écrasa sa Marlboro sans la finir car elle lui faisait tourner la tête et lui donna envie de vomir. Il héla un taxi et lui demanda de le déposer au cimetière Montparnasse. Il ne parla pas au chauffeur et se rongea les ongles, perdu dans ses pensées, tout le long du chemin. Il paya et sortit sans dire au revoir, puis rentra de manière déterminée dans le cimetière. La porte en fer forgé grinça mais n’opposa aucune résistance. Théobald savait où il se rendait et marchait d’un pas rapide. Il s’arrêta devant la tombe de Suzanne Doisneau, née Potier. Il fixa la tombe et, malgré le froid maintenant amplifié par le vent, il ne bougea pas telle une statue de marbre. Il resta là un temps indéterminé jusqu’à ce qu’il n’en puisse plus et referma son manteau en ajustant le col. Il sortit le paquet de cigarettes de sa poche, le broya d’une main ferme et le jeta sur la tombe, le regard à présent remplie de résignation et de tristesse. Il sortit du lieu de repos plus lentement que lorsqu’il était entré et pris cette fois-ci le métro jusqu’à la station Saint-Michel. Il était presque 11h30 et Théobald retourna dans le café où, la veille, il avait rencontré l’homme en noir. Il s’assit à une table dans un coin sombre du bar et attendit. Il commanda un expresso avec un grand verre d’eau et, lorsque la silhouette de la serveuse s’effaça après avoir rapporté les consommations, il vit en face de lui l’homme en noir qui le regardait fixement. L’homme s’avança et, sans ouvrir la bouche, s’assit à la même table que Théobald, en face de lui, et fini par baisser les yeux. Et focalisant son attention sur le café de Théobald, l’homme en noir commença à parler après quelques soupirs.

–         « Tu vas bien ? »

Théobald, ne répondit pas et le silence s’installa… Quelques secondes plus tard l’homme en noir reprit.

–         « Je sais que tu m’en veux et que tu ne me pardonneras jamais, mais tu dois me comprendre. »

A nouveau ce silence pesant… L’homme en noir toujours ganté de cuir avait les mains tremblantes de nervosité.

–    « Théo, comment voulais-tu que je lui fasse la morale alors que moi-même j’avais ce vice ? Comment aurais-je pu le dire d’arrêter alors que moi-même je n’avais pas la volonté d’arrêter ? Tu comprends que c’était impossible, tu comprends que je n’étais pas crédible ? »

L’homme en noir fixait à présent Théobald dont les joues étaient parcourus par des larmes mais ses yeux, bien que rouge que tristesse, dégageaient une immense colère.

–         « Parle-moi Théo stp » repris l’homme en noir. « Réponds-moi s’il te plait, ça fait sept ans maintenant, il y a prescription, non ? »

–         « NON ! » rétorqua le peintre en tapant du poing sur la table. Tu as réussi à arrêter cette merdre après sa mort pour sauver ta vie alors que si tu l’avais fais plus tôt tu aurais peut-être sauvé la sienne ! Qu’es-ce que j’ai fais moi, hein ? Dès que j’ai su dans quel état elle était j’ai arrêté ! Du jour au lendemain ! En espérant que vous arrêtiez aussi tous les deux. Mais toi… Ho et puis merde, va te faire foutre ! Tu peux crever que j’en aurais rien à foutre. Si je suis venu ici c’était pour me soulager, pour soulager ma conscience, pour te dire ce que j’avais à te dire et pas pour recoller les morceaux. Maintenant dégage de ma vie et à jamais ! Connard ! ».

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5 pensamientos en “El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XVIII.

  1. Pingback: El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XVII. | #QuéFuMePah

  2. Chapeau! Esto no solo mejora por momentos, ademas te pone en un autentico brete por agravio comparativo, a ver como superas esto. 😀

    • Jajajaja, qué presión.
      Tienes razón, el nivel es muy alto, recordemos que Laurent tiene ya tres libros publicados. Yo sólo soy una mera aficionada, pero estoy disfrutando mucho con la experiencia. J’espère me montrer à la hauteure des circonstances 😉

  3. Pingback: El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XIX. | #QuéFuMePah

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