El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XIV.

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La Coupole

AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ

Marisa respiró profundamente y, en lugar de responder a Théobald, alabó a la Torre Eiffel para eludir la verdad. Théobald comprendió que callaba algo, pero por educación no volvió sobre el tema y sublimó a su vez a la llamada “Dama de hierro”. Los dos permanecieron allí un tiempo, cogidos de las manos, intentando adivinar qué podía pensar el otro. El aire era fresco y los sentimientos nacientes, pero el silencio se volvía perturbador dado que daba lugar a la reflexión. Los dos amigos dejaron entonces la torre Montparnasse, luego anduvieron unos instantes a lo largo del boulevard para llegar al restaurante. Se sentaron en una mesa decorada con un mantel blanco y cubiertos en plata. Las sillas estaban recubiertas por una tela roja de apariencia noble y las paredes cubiertas de obras de arte. La española estaba subyugada por la belleza y la finura de este establecimiento abierto desde 1927. Ella preguntó a Théobald si era un cliente habitual de este lugar o si él venía ocasionalmente.

-Solamente para las grandes ocasiones, respondió el francés.

No estando acostumbrada a ese tipo de lugares, Marisa parecía un poco molesta y aparentaba no saber cómo comportarse. Lo cual no dejó de hacer a Théobald sonreír, quien le dijo que se relajara y le aconsejó que disfrutara plenamente del encanto de la tarde. Un vaso de gamay de Touraine sirvió de aperitivo antes de un crujiente de queso de cabra Saint Maure, acompañado de un buqué de endivias y membrillo que hizo de entrada. A pesar de las preguntas realizadas por Marisa, Théobald no se extendió mucho sobre la exposición que iba a presentar al día siguiente, prefería que la madrileña descubriera sus obras por la imagen más que por la palabra. Luego, tras varias copas, la conversación se volvió algo más íntima, casi confidencial. El uno y el otro buscaban saber quién era la persona que tenía enfrente pues, aunque comenzaban a crearse esbozos de complicidad, ni el francés ni la española conocían perfectamente a su compañero de almuerzo, lejos de eso, Théobald tuvo durante un corto instante, un momento parecido a una confesión, como la abertura a cielo abierto de una herida mal cerrada. A pesar de que había permanecido hasta entonces muy misterioso acerca de su pasado afectivo, Théobald liberó un poco su corazón y miró al fondo de su ser para liberar algunos secretos. Explicó, abandonando la soltura con la que Marisa estaba acostumbrada a verle expresarse, que había sufrido mucho hace una decena de años perdiendo la mujer que más había marcado su vida. Una persona que amaba más que todo y que la muerte le había arrebatado. Durante esos momentos de dolorosa verdad, los ojos de Théobald brillaron. Y no fue debido al efecto euforizante de la sangre de la viña, pero el líquido acompañaba todo sentimiento de gran envergadura. Marisa no creyó conveniente profundizar en el tema pues veía que su acompañante francés revivía interiormente sentimientos de los que sólo él conocía su alcance. El curry de cordero de granja al estilo indio llegó a punto para cambiar de plato y de tema. La conversación se volvió más ligera y ahora trataba sobre la suntuosidad de la comida que se remataba en belleza con los profiteroles de chocolate caliente que Marisa devoró tanto con los ojos como con la boca.

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V.O.

Marisa respira profondément et, au lieu de répondre à Théobald, complimenta la Tour Eiffel en guise d’échappatoire à la vérité. Théobald compris qu’il y avait eu un non-dit mais par politesse ne revint pas sur le sujet et encensa à son tour la Dame de fer. Ils restèrent là un certain temps tous les deux à se tenir la main en essayant mutuellement de deviner ce à quoi l’autre pouvait penser. L’air était frais et les sentiments naissants mais le silence devenait perturbateur de part la place qu’il laissait à la réflexion. Les deux amis quittèrent ensuite la tour Montparnasse, puis marchèrent quelques instants le long du boulevard pour rejoindre le restaurant. Ils s’assirent à une table ornementée d’une nappe blanche et de couverts en argent. Les chaises étaient recouvertes d’un tissu rouge d’apparence noble et les murs couverts d’œuvres d’art. L’Espagnole fut subjuguée par la beauté et la finesse de la décoration de cet établissement ouvert depuis 1927. Elle demanda à Théobald s’il était un habitué de cette endroit ou s’il n’y venait qu’occasionnellement.

-Solamente para las grandes ocasiones » répondit le Français.

N’étant pas accoutumée de ce genre de lieux Marisa paraissait un peu gênée et semblait ne pas savoir comment se tenir. Ce qui ne manqua pas de faire sourire Théobald qui lui dit de se détendre et lui conseilla de profiter pleinement du charme de la soirée. Un verre de gamay de Touraine fit office d’apéritif avant qu’un croustillant de chèvre Saint Maure accompagné d’un bouquet d’endives et de coings n’arrive en entrée. Malgré quelques questions posées par Marissa, Théobald ne s’étendit pas beaucoup sur l’exposition qu’il allait présenter le lendemain. Il préférait que la Madrilène découvres ses œuvres par l’image plutôt que par la parole. Puis, de verres en verres, la discussion devint un peu plus intime, presque confidentielle. L’un et l’autre cherchait à savoir qui était vraiment la personne qu’ils avaient en face d’eux car, bien que des esquisses de connivence commençaient à se créer, ni le Français, ni l’Espagnole ne connaissait parfaitement son partenaire de déjeuner, loin de là. Théobald eut, durant un court instant, un moment semblable à une confession, comme l’ouverture à ciel ouvert d’une blessure mal refermée. Bien qu’étant resté jusque là très mystérieux sur son passé affectif Théobald délivra un peu son cœur et regarda au fond de lui pour y livrer quelques secrets. Il expliqua, en abandonnant l’aisance avec laquelle Marisa était habituée à le voir s’exprimer, qu’il avait beaucoup souffert il y a de cela une dizaine d’années en perdant la femme qui avait le plus marquée sa vie. Une personne qu’il aimait plus que tout et que la mort lui avait arraché. Durant ce moment de douloureuse vérité les yeux de Théobald scintillèrent. Et ce ne fut pas l’effet euphorisant du sang de la vigne mais le liquide accompagnant tout émotion de grande envergure. Marisa ne jugea pas décent d’approfondir le sujet car elle voyait bien que son Français de compagnon revivait intérieurement des souffrances dont il était le seul à en connaître la couleur. Le curry d’agneau fermier à l’indienne arriva à point pour changer de plat et de thème. La conversation redevint plus légère et portait maintenant sur la somptuosité du repas qui s’acheva en beauté avec des profiteroles au chocolat chaud que Marisa dévora des yeux comme de la bouche.

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