El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XV.

Para este nuevo capítulo de la historia de Marisa y Théobald he diseñado la siguiente imagen que tenía ya ganas de estrenar en una entrada. Disfruten del relato, estimados lectores.

MarisaEtTheobald
Diseño de la imagen: Paz.

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AUTORA: PAZ.
Finalizaron la comida y Marisa echó un último vistazo a aquel restaurante referente del movimiento intelectual parisino antes de salir y tomar otro taxi que les llevó al centro de la ciudad. Bajaron en la Place de l’Hôtel de Ville, donde se encontraba el edificio del ayuntamiento, de fachada neo-renacentista decorada con esculturas de personajes destacados de la ciudad de París. Anduvieron hasta alcanzar las orillas del Sena, desde donde Marisa se asomó para contemplar la romántica vista; el agua se deslizaba a través de los preciosos edificios y monumentos que dejaba a izquierda y derecha. Los puentes de distintos materiales se iban salpicando hacia la lejanía. Parejas, familias, solitarios, turistas… gentes de todo tipo paseaban sobre las aceras que enmarcaban el río. Caminaron lentamente, disfrutando en silencio de cada paso, de la vista, de la compañía. De repente, se apareció ante ellos, magnífica, la catedral de Notre-Dame. Marisa, entusiasmada, tiró del brazo de Théobald para llevarle hacia el interior del templo, donde pudieron apreciar la belleza de los coloridos rosetones por los que entraban los últimos rayos de sol de aquel maravilloso día. Continuaron su paseo siguiendo siempre la línea del río. El atardecer se posaba sobre la ciudad dorando tanto los edificios como las aguas del río Sena. Pararon en una de las típicas tiendas de libros que se situaban al borde del río denominadas “les bouquinistes”; Théobald explicó a Marisa que allí se podían encontrar libros antiguos de ocasión. Hojearon algunos ejemplares hasta que encontraron un libro de arte que interesó especialmente a Marisa, sobre el estilo Art Decó en París, pero que no quiso comprar para no tener que cargar con él durante el resto de la tarde. Se adentraron por uno de los puentes para contemplar las vistas. Comenzaba a anochecer, por lo que las farolas se habían encendido, así como algunos de los pisos colindantes. En la lejanía, la Torre Eiffel se mostraba iluminada. Marisa sacó una pequeña cámara de fotos que hasta entonces había olvidado que llevaba para inmortalizar aquel momento, pero Théobald se la arrebató para tomar una foto de ambos. Al estirar el brazo la muñeca derecha de Théobald quedó durante un instante al descubierto y a Marisa le pareció ver una pequeña marca, como un tatuaje, que mostraba una S dentro de un círculo, el mismo que había observado en el cuadro de la invitación a la exposición de pintura que tendría lugar al día siguiente.

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El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XIV.

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La Coupole

AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ

Marisa respiró profundamente y, en lugar de responder a Théobald, alabó a la Torre Eiffel para eludir la verdad. Théobald comprendió que callaba algo, pero por educación no volvió sobre el tema y sublimó a su vez a la llamada “Dama de hierro”. Los dos permanecieron allí un tiempo, cogidos de las manos, intentando adivinar qué podía pensar el otro. El aire era fresco y los sentimientos nacientes, pero el silencio se volvía perturbador dado que daba lugar a la reflexión. Los dos amigos dejaron entonces la torre Montparnasse, luego anduvieron unos instantes a lo largo del boulevard para llegar al restaurante. Se sentaron en una mesa decorada con un mantel blanco y cubiertos en plata. Las sillas estaban recubiertas por una tela roja de apariencia noble y las paredes cubiertas de obras de arte. La española estaba subyugada por la belleza y la finura de este establecimiento abierto desde 1927. Ella preguntó a Théobald si era un cliente habitual de este lugar o si él venía ocasionalmente.

-Solamente para las grandes ocasiones, respondió el francés.

No estando acostumbrada a ese tipo de lugares, Marisa parecía un poco molesta y aparentaba no saber cómo comportarse. Lo cual no dejó de hacer a Théobald sonreír, quien le dijo que se relajara y le aconsejó que disfrutara plenamente del encanto de la tarde. Un vaso de gamay de Touraine sirvió de aperitivo antes de un crujiente de queso de cabra Saint Maure, acompañado de un buqué de endivias y membrillo que hizo de entrada. A pesar de las preguntas realizadas por Marisa, Théobald no se extendió mucho sobre la exposición que iba a presentar al día siguiente, prefería que la madrileña descubriera sus obras por la imagen más que por la palabra. Luego, tras varias copas, la conversación se volvió algo más íntima, casi confidencial. El uno y el otro buscaban saber quién era la persona que tenía enfrente pues, aunque comenzaban a crearse esbozos de complicidad, ni el francés ni la española conocían perfectamente a su compañero de almuerzo, lejos de eso, Théobald tuvo durante un corto instante, un momento parecido a una confesión, como la abertura a cielo abierto de una herida mal cerrada. A pesar de que había permanecido hasta entonces muy misterioso acerca de su pasado afectivo, Théobald liberó un poco su corazón y miró al fondo de su ser para liberar algunos secretos. Explicó, abandonando la soltura con la que Marisa estaba acostumbrada a verle expresarse, que había sufrido mucho hace una decena de años perdiendo la mujer que más había marcado su vida. Una persona que amaba más que todo y que la muerte le había arrebatado. Durante esos momentos de dolorosa verdad, los ojos de Théobald brillaron. Y no fue debido al efecto euforizante de la sangre de la viña, pero el líquido acompañaba todo sentimiento de gran envergadura. Marisa no creyó conveniente profundizar en el tema pues veía que su acompañante francés revivía interiormente sentimientos de los que sólo él conocía su alcance. El curry de cordero de granja al estilo indio llegó a punto para cambiar de plato y de tema. La conversación se volvió más ligera y ahora trataba sobre la suntuosidad de la comida que se remataba en belleza con los profiteroles de chocolate caliente que Marisa devoró tanto con los ojos como con la boca.

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V.O.

Marisa respira profondément et, au lieu de répondre à Théobald, complimenta la Tour Eiffel en guise d’échappatoire à la vérité. Théobald compris qu’il y avait eu un non-dit mais par politesse ne revint pas sur le sujet et encensa à son tour la Dame de fer. Ils restèrent là un certain temps tous les deux à se tenir la main en essayant mutuellement de deviner ce à quoi l’autre pouvait penser. L’air était frais et les sentiments naissants mais le silence devenait perturbateur de part la place qu’il laissait à la réflexion. Les deux amis quittèrent ensuite la tour Montparnasse, puis marchèrent quelques instants le long du boulevard pour rejoindre le restaurant. Ils s’assirent à une table ornementée d’une nappe blanche et de couverts en argent. Les chaises étaient recouvertes d’un tissu rouge d’apparence noble et les murs couverts d’œuvres d’art. L’Espagnole fut subjuguée par la beauté et la finesse de la décoration de cet établissement ouvert depuis 1927. Elle demanda à Théobald s’il était un habitué de cette endroit ou s’il n’y venait qu’occasionnellement.

-Solamente para las grandes ocasiones » répondit le Français.

N’étant pas accoutumée de ce genre de lieux Marisa paraissait un peu gênée et semblait ne pas savoir comment se tenir. Ce qui ne manqua pas de faire sourire Théobald qui lui dit de se détendre et lui conseilla de profiter pleinement du charme de la soirée. Un verre de gamay de Touraine fit office d’apéritif avant qu’un croustillant de chèvre Saint Maure accompagné d’un bouquet d’endives et de coings n’arrive en entrée. Malgré quelques questions posées par Marissa, Théobald ne s’étendit pas beaucoup sur l’exposition qu’il allait présenter le lendemain. Il préférait que la Madrilène découvres ses œuvres par l’image plutôt que par la parole. Puis, de verres en verres, la discussion devint un peu plus intime, presque confidentielle. L’un et l’autre cherchait à savoir qui était vraiment la personne qu’ils avaient en face d’eux car, bien que des esquisses de connivence commençaient à se créer, ni le Français, ni l’Espagnole ne connaissait parfaitement son partenaire de déjeuner, loin de là. Théobald eut, durant un court instant, un moment semblable à une confession, comme l’ouverture à ciel ouvert d’une blessure mal refermée. Bien qu’étant resté jusque là très mystérieux sur son passé affectif Théobald délivra un peu son cœur et regarda au fond de lui pour y livrer quelques secrets. Il expliqua, en abandonnant l’aisance avec laquelle Marisa était habituée à le voir s’exprimer, qu’il avait beaucoup souffert il y a de cela une dizaine d’années en perdant la femme qui avait le plus marquée sa vie. Une personne qu’il aimait plus que tout et que la mort lui avait arraché. Durant ce moment de douloureuse vérité les yeux de Théobald scintillèrent. Et ce ne fut pas l’effet euphorisant du sang de la vigne mais le liquide accompagnant tout émotion de grande envergure. Marisa ne jugea pas décent d’approfondir le sujet car elle voyait bien que son Français de compagnon revivait intérieurement des souffrances dont il était le seul à en connaître la couleur. Le curry d’agneau fermier à l’indienne arriva à point pour changer de plat et de thème. La conversation redevint plus légère et portait maintenant sur la somptuosité du repas qui s’acheva en beauté avec des profiteroles au chocolat chaud que Marisa dévora des yeux comme de la bouche.

El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XIII.

Ni más ni menos que por el capítulo número XIII vamos ya de este relato escrito a medias entre Laurent (Francia) y yo (España). Y aún no sabemos qué nos deparará, pero sí puedo aseguraros que vamos algo más avanzadillos y la cosa se está poniendo muy, pero que muy interesante!

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AUTORA: PAZ.

Théobald sonrió al escuchar la dulce voz de Marisa, dejó el periódico en una mesita auxiliar de madera y se levantó girándose para mirarla. Advirtió que se había maquillado ligeramente, con máscara de pestañas y brillo de labios muy suave, ya que no le gustaba ir demasiado recargada. Llevaba el pelo recogido en un sencillo moño, realzando su largo y moreno cuello. Por la abertura que dejaba su abrigo de paño gris se entreveía un sencillo vestido negro hasta la rodilla, en el que estaba prendida la flor que había recogido en el pequeño jardín delantero de su casa, flor que a pesar de haber comenzado a marchitarse, aún mantenía una aparente lozanía, cual metáfora de su portadora. Como calzado había elegido unas bailarinas negras al más puro estilo parisino.

–       Très belle – dijo Théobald. La naturalidad de sus palabras, tan sinceras que salieron de los labios de Théobald sin traducción, fueron el mejor halago para Marisa.

Salieron del hotel y tomaron un taxi que les llevó hasta el edificio Montparnasse, al sur de París. Comerían muy cerca, en el famoso restaurante La Coupole, donde Théobald había reservado mesa para dos. Pero antes subieron hasta la última planta del rascacielos, desde donde se podía disfrutar de una bella panorámica de toda la ciudad. Théobald le explicó cada monumento que salpicaba la ciudad. Los Inválidos, la basílica del Sacré Coeur, la catedral de Notre-Dame, el Arco del Triunfo… Marisa sabía que París había sido apodada la ciudad de las luces por ser el centro de las artes y la educación, además de ser una de las primeras ciudades en poseer iluminación urbana, pero pensó que bien podría haber sido por la cantidad de edificios y monumentos decorados con dorados adornos que brillaban bajo el sol.

–       Qué bonita ciudad –dijo Marisa. -Me gustaría poder quedarme más tiempo.

–       Ne t’en fais pas, no te preocupes –le respondió Théobald. Tenemos toda una vida para disfrutar de París.

Marisa agachó la cabeza con gesto afligido.

–       ¿Qué ocurre? –preguntó Théobald.

Ella quedó pesarosa, dudando si sería el momento de sincerarse con él.

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El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XII.

Aquí va otro capítulo más de la historia de Marisa y Théobald, esta vez de la mano de Laurent.

SillónCuero

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AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ.

Previendo y sabiendo que la naturaleza femenina no es famosa por poseer el sentido del tiempo que pasa, Théobald fue a llamar a la puerta de la habitación de Marisa unos cincuenta y cinco minutos más tarde. Primero llamó suavemente y esperó algunos segundos a que la madrileña viniera a abrir. La puerta permaneció cerrada y no se oía el menor ruido proveniente de la habitación, por lo que reiteró su acción… Pero no ocurrió nada nuevo. A continuación golpeó la madera blanca de la puerta con un poco más de intensidad y escuchó como un sobresalto, un ruido brusco proveniente del interior de la pieza. Marisa llegó precipitadamente y abrió la puerta a Théobald que estaba peinado con elegancia llevando una bufanda gris alrededor del cuello, una chaqueta de terciopelo negro, unos zapatos grises y unos vaqueros grises desgastados por el tiempo para no faltar a sus costumbres. Marisa explicó un poco confusa que se había dormido pero casi había terminado de prepararse. Sólo le faltaba maquillarse. Théobald, en lo más mínimo sorprendido, hizo una mueca y le dijo a Marisa que le esperaría en el vestíbulo del hotel. La cuadragenaria se dio cuenta entonces de que se había mostrado a Théobald sin prestar atención a su apariencia y tenía miedo de no haberse beneficiado de ello. Pero cuando volvió al baño, estaba aliviada y su encanto español, realzado por sus largos cabellos negros, le devolvió la confianza.

Mientras Marisa salía del ascensor, vio a Théobald de espaldas sentado sobre un asiento de cuero marrón leyendo un periódico llamado “Libération” que los franceses llaman comúnmente “Libe”. A pasitos cortos se dirigió hacia su compañero pintor, le puso las manos sobre los ojos y le susurró al oído “sorpresa…”.

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V.O.

Prévoyant et sachant que la nature féminine n’est pas réputée pour avoir le sens du temps qui passe, Théobald vint toquer à la porte de la chambre de Marisa quelques cinquante-cinq minutes plus tard. Il toqua d’abord doucement et attendit quelques secondes que la Madrilène vienne lui ouvrir. La porte restant close et n’entendant pas le moindre bruit provenant de la chambre il réitéra son action… Mais toujours rien. Il heurta alors le bois blanc de la porte avec un peu plus d’intensité et entendit comme un sursaut, un bruit brusque provenant de l’intérieur de la pièce. Marisa arriva précipitamment et ouvrit la porte à Théobald qui était coiffé avec élégance, portant un foulard gris autour du cou, une veste en velours noir, des chaussures grises et un jeans usé par le temps pour ne pas faillir à ses habitudes. Marisa expliqua un peu confuse qu’elle s’était assoupie mais avait presque fini de se préparer, il ne lui restait plus qu’à se maquiller. Théobald, pas le moins du monde surpris, esquissa un petit sourire en coin et dit à Marisa qu’il allait l’attendre dans le lobby de l’hôtel. La quadragénaire se rendit compte alors qu’elle s’était montrée à Théobald sans faire attention à son apparence et avait peur de ne pas être à son avantage. Mais quand elle retourna à la salle de bain elle était soulagée et son charme espagnol, mis en valeur par ses longs cheveux noirs, lui redonna confiance en elle.

Et lorsque Marisa sortit de l’ascenseur elle vit Théobald, de dos, assis dans un fauteuil en cuir brun, lisant un journal intitulé « Libération » que les Français appellent communément « Libé ». A pas de souris elle se dirigea vers son peintre de compagnon, lui mit les mains sur les yeux et lui murmura au creux de l’oreille « sorpresa… ».

Especial mininos

Tenía pendiente hacer una entrada sobre gatos. Sé que alguno pensará que fotografiar mininos está muy visto, pero creo que son unos de los animales más bellos y elegantes que pisan la tierra, y no me puedo resistir a retratarlos allá por donde vea uno. Ahí va mi selección de gatitos.

1.Gatos callejeros (por distintos lugares del sur de Francia).

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2. Foto tomada con el móvil al escaparate de una librería en París.

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El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte XI.

En esta ocasión voy a hacer una excepción introduciendo el relato con un vídeo en lugar de con una fotografía. Se trata del comienzo de la película “Midnight in Paris” donde Woody Allen, a través de unas escenas preciosas acompañadas de una maravillosa pieza musical de Sidney Bechet, ha conseguido captar la esencia de París.

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AUTORA: PAZ

Entraron al pequeño espacio que el asiento de atrás del taxi les ofrecía. Marisa, a pesar de su madurez, se sintió nerviosa por la repentina cercanía de Théobald, que indicaba al taxista la dirección del hotel. Al otro lado de los cristales comenzaron a desfilar, desfiguradas por las gotas de lluvia que se iban acumulando en ellos, multitud de calles salpicadas de paseantes, bistrós, cafeterías… Pero Marisa apenas podía prestar atención a todo aquello puesto que tenía los cinco sentidos dirigidos hacia Théobald, que ahora le explicaba que ya estaba casi todo dispuesto para la exposición al día siguiente, por lo que podrían disfrutar de lo que quedaba del día paseando por París. El taxi se detuvo finalmente en la plaza de la República donde se encontraba el hotel, un edificio con una fachada del siglo XIX rematada con un tejado de pizarra gris del que asomaban las ventanas de las estancias de la planta más alta. Théobald ayudó caballerosamente a Marisa con el equipaje; entraron y en el hall les recibió una escalera de mármol cubierta con una alfombra roja que hizo a Marisa sentirse abrumada por tanto lujo.

-Subamos por el ascensor, nuestras habitaciones están en la última planta -le dijo Théobald.

Había reservado un par de habitaciones contiguas. Quedaron en que se arreglarían y volverían a encontrarse en cuarenta y cinco minutos para salir a comer. Marisa entró en su habitación y no dio crédito. Era una estancia acogedora, decorada con muy buen gusto, al estilo francés pero con un toque moderno. La cama, de matrimonio, estaba plagada de mullidos cojines que invitaban a echar una cabezada. Corrió la cortina y miró a través de la ventana; desde aquella planta se podía ver una maraña de tejados grises entre los cuales sobresalía, tímida, la punta de la Torre Eiffel.

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El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte X.

¡Feliz año nuevo 2013 a todos! Espero que hayáis comenzado con buen pie. QuéFuMePah comienza el año con un capítulo más del relato hispano-francés. ¡A disfrutar!

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Equipaje

AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ.

Cuando las puertas automáticas se abrieron y Marisa vio a Théobald sonriente bajo su sombrero de fieltro negro y llevando una bufanda gris descuidadamente colocada alrededor del cuello, aquello le despojó el espíritu de todas las preocupaciones a las que había dado vueltas durante el vuelo. Tenía a la vez mil preguntas que hacerle y mil cosas que decirle, pero en lugar de hablar se lanzó a sus brazos como si no se hubieran visto desde hacía una eternidad. Pero para Marisa aquellos dos años de separación le parecieron una eternidad realmente. Se abrazaron durante unos instantes y la madrileña reconoció el perfume especiado que Théobald llevaba durante su encuentro en el Museo del Prado, “La nuit de l’Homme” de Yves Saint-Laurent. Las primeras palabras que salieron de la boca de Théobald fueron – “no has cambiado Marisa, eres siempre la misma”. Lo cual conllevó la paradoja de no calmar a Marisa, sino más bien al contrario, de recordarle de una forma bastante fría que su belleza era más efímera aún que la de todas las demás mujeres y que se revelaría con el tiempo. Expulsó por un tiempo indeterminado sus demonios para disfrutar plenamente del reencuentro con Théobald y no malgastar ese puro momento de felicidad. Como por automatismo, Marisa tomó la mano de Théobald, salieron del aeropuerto bajo una fina lluvia y alcanzaron el taxi que les esperaba, motor encendido.

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V.O.

Quand les portes automatiques s’ouvrirent et que Marisa vu Théobald souriant sous son chapeau en feutre noir et portant une écharpe grise négligemment posée autour du cou, cela lui ôta de l’esprit tous les tracas qu’elle avait ressassé durant le vol. Elle avait à la fois mille questions à lui poser et mille choses à lui dire, mais au lieu de parler elle se jeta dans ses bras comme s’ils ne s’étaient pas vus depuis une éternité. Mais pour Marisa ces deux ans de séparation parurent une réelle éternité. Ils s’enlacèrent quelques instants et la Madrilène reconnu le parfum épicé que Théobald portait lors de leur rencontre au musée Del Prado, « La nuit de l’Homme » d’Yves Saint-Laurent. Les premières paroles qui sortirent de la bouche de Théobald furent « no has cambiado Marisa, eres siempre la misma ». Ce qui eut comme action paradoxale de ne pas rassurer Marissa, mais au contraire de lui rappeler de manière assez glaciale que sa beauté était bien plus éphémère encore que celle de toutes les autres femmes et que cela se révèlerait avec le temps. Elle chassa pour un temps indéterminé ses démons pour profiter pleinement des retrouvailles avec Théobald et ne pas gâcher ce pur moment de bonheur. Comme par automatisme, Marisa prit la main de Théobald et ils sortirent de l’aéroport sous une pluie fine, rejoindre un taxi qui les attendait, moteur allumé.