El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte VI.

Esta vez la pelota estaba en el tejado de Laurent. Como podéis comprobar, hemos comenzado a alargar los textos, ya que siempre nos quedábamos con ganas de continuar escribiendo.

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AUTOR: LAURENT. TRADUCCIÓN: PAZ.

El grito furtivo y nocturno de una lechuza sacó a Marisa de la profundidad de sus pensamientos. Comenzaba a hacer frío y su vestido de estampados rojos no era una defensa suficiente para la brisa de noviembre. Aún un poco soñadora, se levantó con precaución temiendo que un enésimo desmayo le hiciera perder de nuevo la conciencia. Entró en su cocina alicatada de color ocre y decorada con litografías y algunos pimientos y guindillas que se secaban sobre el fregadero. En esta atmósfera colorida y perfumada se sirvió una taza de mate que había traído de uno de sus viajes a Buenos Aires. Permaneció un instante, la mano sobre la boca, preguntándose qué habría ocurrido si le hubiera contado la verdad a Théobald. Si se hubiera quedado con ella durante aquellas horas que habían compartido como suspendidas en el tiempo, o se habría excusado para acortar sus momentos privilegiados. Marisa recordó el día siguiente de su encuentro, cuando se habían vuelto a ver en el parque del Retiro, el cual se había convertido en su parque. Y ese fabuloso paseo a través de los jardines hablando de todo y de nada, intentando cada uno no exponer demasiado su vida, sobre todo Marisa que quería guardar su secreto el mayor tiempo posible. Revivió la escena en la que, muy serio y hablando de música, Théobald estuvo a punto de caer al engancharse los pies con la cadena de un caniche que estaba tan distraído como él. Este recuerdo le hizo sonreír y le arrugó las comisuras de los ojos. Esta era toda su desgracia, las marcas del tiempo que había podido ocultar hasta el momento no podría ocultarlas eternamente. Aunque fuera nueve años más mayor que Théobald, el joven hombre de treinta y seis años galante hasta el punto de no haberle preguntado su edad, la diferencia no se notaba. Pero con su enfermedad ganando terreno, el médico le predijo un pesado tratamiento en los próximos meses si la situación continuaba evolucionando de esa manera. Entonces, no queriendo imponer este peso sobre el encantador francés amante del arte, Marisa había encontrado desde hacía casi dos años excusas más o menos válidas para no ir a Metz a pesar de las peticiones de Théobald. Continuaron su relación algunas veces por carta, pero sobre todo vía email, intercambiando fotos que Marisa seleccionaba con sumo cuidado. Pero sabía que aquello no podía durar y, con un gesto fatigado y lento, Marisa tomó sus medicamentos al mismo tiempo que bebía su mate.

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V.O:

Le cri furtif et nocturne d’une chouette sortit Marisa de la profondeur de ses pensées. Il commençait à faire frais et sa robe à motifs rouges n’était plus un rempart suffisant à la brise de novembre. Encore un peu rêveuse, elle se leva précautionneusement de peur qu’un énième malaise ne lui fasse de nouveau perdre connaissance. Elle rentra dans sa cuisine carrelée de couleur ocre et décorée de fleurs, de lithographies et de quelques poivrons et piments qui séchaient au dessus de l’évier. Dans cette atmosphère colorée et parfumée elle se servit une tasse de maté qu’elle avait rapporté d’un de ses voyages à Buenos Aires. Elle resta un instant, la main sur la bouche, à se demander ce qu’il serait arrivé si elle avait dit la vérité à Théobald. S’il serait resté avec elle durant ces quelques heures qu’ils avaient partagé, comme suspendues dans le temps, où s’il aurait prétexté une excuse afin d’écourter leurs moments privilégiés. Marisa se remémora le lendemain de leur rencontre, lorsqu’ils s’étaient retrouvés au parc El Retiro, qui était un peu devenu leur parc à eux. Et cette fabuleuse ballade à travers les allées à parler de tout et de rien en prenant soin pour chacun de ne pas trop étaler sa vie, surtout pour Marisa qui tenait à garder son secret le plus longtemps possible. Elle revit la scène où, sérieux comme un chêne et parlant musique, Théobald faillit tomber en se prenant les pieds dans la laisse d’un caniche aussi tête en l’air que lui. Ce souvenir la fit sourire et lui plissa le coin des yeux. Et c’était bien la tout son malheur, les marques du temps qu’elle avait pu jusqu’à présent cacher ne le resteraient sans doute pas éternellement. Bien qu’elle soit de neuf ans l’aînée de Théobald, lui jeune homme de 36 ans galant au point de ne pas lui avoir demandé son âge, la différence ne se voyait pas. Mais sa maladie gagnant du terrain, son docteur lui prédit une un traitement lourd dans les prochains mois si sa situation continuait à évoluer de la sorte. Alors, ne voulant pas infliger ce poids inutile au charmant Français amateur d’art, Marisa avait trouvé depuis presque deux années des excuses plus ou moins valables pour ne pas venir à Metz malgré les demandes de Théobald. Ils continuaient leur relation quelque fois épistolaire mais le plus souvent par e-mail, en échangeant des photos que Marisa sélectionnait soigneusement. Mais elle savait très bien que cela ne pourrait pas durer et, d’un geste las et lent, Marisa prit ses médicaments en même temps qu’elle but son maté.

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2 pensamientos en “El mejor relato hispano-francés jamás contado. Parte VI.

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