Te invito a mi boda

“Te invito a mi boda”. Se dice pronto. A pasar juntos ese día tan maravilloso para las parejas y no tan maravilloso para los invitados. Porque el ser invitado a una boda se puede considerar más una jugarreta que un bonito ofrecimiento.

Todo empieza con la recepción de la invitación. Te llega un precioso sobre, con tu dirección escrita a mano con una perfecta letra de imprenta. Ya te empiezas a mosquear. Miras el remitente y pone “Juani y Paco”, y piensas, ¿y esos quiénes narices son?.  Vas a por el teléfono, llamas a tu madre, que te explica brevemente: “Que sí hombre, la Juani es tu prima segunda, la tercera del tío Frascasio, que se fue a vivir a Badajoz cuando se casó con tu tía Marga, y tuvo cuatro hijos, tres chicas y un chico,  que la primera se casó hace quince años, y ya tiene dos niños, bien mayores que están, la segunda no hay quien la coloque, de lo fea que es la pobre, cómo se nota que se parece a su madre, porque en la familia somos todos bien parecidos, y el chico, qué decir, un buen chico, ese hijo que toda madre quisiera tener, pero entre tanta mala mujer acabó medio loco, creo que se fue a vivir a Londres, por huir de aquel ambiente, a un apartamento en el centro, muy cerca del metro, pero no me hagas caso, que hace mucho que no sé nada de ellos, y además yo no soy de meterme en la vida de los demás, que allá cada uno con lo que haga. Pues eso, tu prima, la Juani, que se nos casa, ¡ay qué alegría!”.

Si consigues pasar de nivel zafándote de las breves explicaciones de tu madre, abres el sobre. Una tarjeta nacarada te sorprende con un empalagoso texto: “Juani y Paco están enamorados y quieren invitarte a su unión”. Fantástico. No contentos con cagarla, deciden hacerte partícipe.

Pero la apertura del sobre no es más que el comienzo de una pesadilla.

Si eres mujer:

Toca ir a comprar el modelito. Si esta tarea ya es normalmente laboriosa, cuando lo haces para una boda es aun peor. Porque no vale cualquier vestido, hay unas reglas, lo llaman “protocolo”, yo lo llamo “dar por culo”. Esto es, que según sea de mañana o de tarde has de ir de corto o de largo, hay algunos colores prohibidos, como el blanco porque es el color del que va la novia, sin escote si es por la Iglesia, que si mantilla sí, mantilla no… Como si no tuviéramos bastante con acertar con un vestido que no nos haga gordas, las pantorrillas feas, demasiados hombros, mucho culo, barriga saltona, busto deforme, que vaya con el color de nuestros ojos pero a la vez realce nuestra belleza natural sin ir excesivamente recargadas pero tampoco muy sencillas.

Cuando por fin das con el vestido ideal, toca comprarse los zapatos. Los otros zapatos, porque un día, antes de comprar el vestido, te compraste unos ideales de la muerte que no pegan nada pero se te antojaron y te autoengañaste pensando que encontrarías un vestido que les iría bien.

También hay que comprarse unas medias que, por muy fuertes que sean, no sobrevivirán a la noche, está comprobado. Hay chicas que acumulan más carreras al final de la fiesta que Fernando Alonso en toda su vida.

Y hasta aquí, lo que podríamos llamar el modelito básico. Luego hay que encargarse de los complementos que sirven para arreglar lo inadecuado del modelito básico.

Los zapatos B, esos que las mujeres precavidas llevan a las bodas, sin tacón, para cuando se cansen de andar sobre un par de agujas por calles empedradas. Porque, por si no os habéis fijado, las iglesias están todas hechas a mala leche, sabiendo cómo vestimos las mujeres en las bodas, todas están construídas en lugares rodeados de calles empedradas. Cómo se nota que las levantaron los hombres.

Por otro lado, hay que solventar el hecho de haberte comprado un vestido de tirantes para una boda en octubre, cuando ya todo el mundo va con abrigo. Que si torera, que si chaqueta, que si echarpe…

Adquirido todo esto, ¡ya podemos decir que estamos listas!.

Si eres hombre:

Te pones el traje de las ocasiones, o lo alquilas si no tienes.

Si pensáis que los hombres son unos afortunados por la sencillez de la preparación estáis equivocados. Es una trampa. Hay que ponérselo fácil para que accedan cuando una mujer les pida que sean sus acompañantes. Y es que los hombres tienen una misión indiscutible en una boda, además de comerse todas las sobras del convite: ejercer de perchero. Cuando la mujer decide salir a echarse unos bailoteos y lucir el tirante del vestido, alguien se tiene que encargar de portar los zapatos de tacón, el echarpe, la torera y la mantilla.

No es fácil ser invitado a una boda. Por eso acaban vengándose de los novios haciéndoles alguna putadilla, del tipo darles el dinero en monedas de un céntimo, dejarles sin llaves de la casa, pincharles las ruedas del coche o cortarles los brazos y las piernas. ¡Que vivan los novios! Al menos lo suficiente para que sufran como invitados en las bodas de quienes fueron sus invitados.

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