Les Luthiers

Hace poco tuve la oportunidad de ver el espectáculo “Lutherapia”. Qué decir de ellos, me encuentro muy identificada con su humor, en el que juegan constantemente con las palabras. Además, añaden la música en sus espectáculos, haciéndoles únicos.
Os dejo dos vídeo-joyas con algunos de mis momentos favoritos. Espero que disfrutéis de ellos.

La Cumbia Epistemológica se puede ver en su actual espectáculo “Lutherapia”.

A continuación un “clásico”, la Carta mal leída.

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Dime con qué te acuestas y te diré quién eres.

La cama es un lugar muy íntimo y personal, por ello elegimos muy bien lo que ponemos sobre ella (ejem).

Con qué se va uno a la cama dice mucho de su persona. Ojo, con qué, que no con quién. Aunque el con quién también aporta mucha información. ¿Te acuestas con modelos?: eres futbolista; ¿con cantantes de copla?: eres torero; ¿con empresarios?: eres rubia y de pecho prominente; ¿con Leticia Sabater?: eres masoca (en este caso sí se podría aplicar el “con qué”).

Es posible obtener información acerca de aquel que yace sobre una cama tan sólo con conocer sus sábanas. Por ejemplo, las sábanas nos dicen mucho según su procedencia. Están las sábanas de Ikea, a las que recurren los prácticos a los que les gusta pasar desapercibidos, ya que media España tiene las mismas (y la otra media ese modelo pero en su versión de estampado de flores). Por otro lado están las sábanas de ajuar. Los más conservadores guardan las sábanas que sus abuelas compraron cuando tenían 11 años pensando en el día en que se casarían. Huelen a moho, y las sábanas a veces también.

Otro dato que aporta mucha información es la tela con la que está confeccionada la sábana. Las hay de algodón, éstas las compran las madres. Las sábanas de seda sin embargo son para los más pudientes, mientras que las de raso, brillo satén, son para aquellos que quieren dar a su cama un toque de erotismo. No entiendo por qué las sábanas de raso tienen esa fama, si uno se escurre entre ellas como una pescadilla, y además las durezas de los pies se enganchan, lo cual no resulta excesivamente erótico.

Hablando de erotismo, hay algo que corta todo el rollo de un posible coito, mucho peor que las sábanas de raso. Ligas con un atractivo hombre que te lleva a su casa, emocionada por lo difícil que está hoy en día encontrar a uno de 30 que no viva con sus padres, te sirve una copa de champagne del caro y te guía hasta su habitación , enciende una tímida luz y ¡zas! te topas de frente con las sábanas de Spiderman. ¡Qué bajonazo!. Y es que hay otro aspecto de las sábanas que nos aporta información, el motivo del estampado. Cuadritos para los hogareños, flores para los ñoños y Spiderman para los niños y los treinta-añeros con muy pocas posiblidades de mojar. Y no nos podemos olvidar de la clásica sábana blanca, utilizada en todos los anuncios de detergentes y lejías, símbolo de limpieza obsesiva. Luego están los estampados raros, como el de aquel que puso su cara en una sábana, la sábana santa la llaman, aunque estoy segura de que no era más santa que la de Spiderman.

Las distintas combinaciones dan mucho juego (de cama). Hay quien se decanta por el juego de bajera, sábana, colcha y/o manta, mientras que otros prefieren la bajera con una funda nórdica. La elección de uno u otro depende del momento vital. Las madres apuestan por la primera combinación y hacen la cama cada mañana sin dejar ni una arruga, echándola a lavar una o dos veces por semana. Los adolescentes también usan la primera, pero dejan la manta o la colcha estirada disimulando un gurruño de sábanas por debajo, que echarán a lavar sólo cuando el color de sus madres torne a rojo intenso. Cuando uno se independiza es cuando ve la luz y descubre la funda nórdica, que sólo hay que estirar con un ligero movimiento de muñeca y ¡tachán! ¡cama hecha!. Milagroso. Algunos hombres cuando se independizan y van a comprar su primera ropa de cama se emocionan doblemente con este hallazgo, porque…¡también hay fundas de Spiderman!.

Mucho cuidadito cuando llevéis a alguien a vuestras camas, porque con sólo ver vuestras sábanas os pueden destapar, y corréis el riesgo de resfriaros.

Te invito a mi boda

“Te invito a mi boda”. Se dice pronto. A pasar juntos ese día tan maravilloso para las parejas y no tan maravilloso para los invitados. Porque el ser invitado a una boda se puede considerar más una jugarreta que un bonito ofrecimiento.

Todo empieza con la recepción de la invitación. Te llega un precioso sobre, con tu dirección escrita a mano con una perfecta letra de imprenta. Ya te empiezas a mosquear. Miras el remitente y pone “Juani y Paco”, y piensas, ¿y esos quiénes narices son?.  Vas a por el teléfono, llamas a tu madre, que te explica brevemente: “Que sí hombre, la Juani es tu prima segunda, la tercera del tío Frascasio, que se fue a vivir a Badajoz cuando se casó con tu tía Marga, y tuvo cuatro hijos, tres chicas y un chico,  que la primera se casó hace quince años, y ya tiene dos niños, bien mayores que están, la segunda no hay quien la coloque, de lo fea que es la pobre, cómo se nota que se parece a su madre, porque en la familia somos todos bien parecidos, y el chico, qué decir, un buen chico, ese hijo que toda madre quisiera tener, pero entre tanta mala mujer acabó medio loco, creo que se fue a vivir a Londres, por huir de aquel ambiente, a un apartamento en el centro, muy cerca del metro, pero no me hagas caso, que hace mucho que no sé nada de ellos, y además yo no soy de meterme en la vida de los demás, que allá cada uno con lo que haga. Pues eso, tu prima, la Juani, que se nos casa, ¡ay qué alegría!”.

Si consigues pasar de nivel zafándote de las breves explicaciones de tu madre, abres el sobre. Una tarjeta nacarada te sorprende con un empalagoso texto: “Juani y Paco están enamorados y quieren invitarte a su unión”. Fantástico. No contentos con cagarla, deciden hacerte partícipe.

Pero la apertura del sobre no es más que el comienzo de una pesadilla.

Si eres mujer:

Toca ir a comprar el modelito. Si esta tarea ya es normalmente laboriosa, cuando lo haces para una boda es aun peor. Porque no vale cualquier vestido, hay unas reglas, lo llaman “protocolo”, yo lo llamo “dar por culo”. Esto es, que según sea de mañana o de tarde has de ir de corto o de largo, hay algunos colores prohibidos, como el blanco porque es el color del que va la novia, sin escote si es por la Iglesia, que si mantilla sí, mantilla no… Como si no tuviéramos bastante con acertar con un vestido que no nos haga gordas, las pantorrillas feas, demasiados hombros, mucho culo, barriga saltona, busto deforme, que vaya con el color de nuestros ojos pero a la vez realce nuestra belleza natural sin ir excesivamente recargadas pero tampoco muy sencillas.

Cuando por fin das con el vestido ideal, toca comprarse los zapatos. Los otros zapatos, porque un día, antes de comprar el vestido, te compraste unos ideales de la muerte que no pegan nada pero se te antojaron y te autoengañaste pensando que encontrarías un vestido que les iría bien.

También hay que comprarse unas medias que, por muy fuertes que sean, no sobrevivirán a la noche, está comprobado. Hay chicas que acumulan más carreras al final de la fiesta que Fernando Alonso en toda su vida.

Y hasta aquí, lo que podríamos llamar el modelito básico. Luego hay que encargarse de los complementos que sirven para arreglar lo inadecuado del modelito básico.

Los zapatos B, esos que las mujeres precavidas llevan a las bodas, sin tacón, para cuando se cansen de andar sobre un par de agujas por calles empedradas. Porque, por si no os habéis fijado, las iglesias están todas hechas a mala leche, sabiendo cómo vestimos las mujeres en las bodas, todas están construídas en lugares rodeados de calles empedradas. Cómo se nota que las levantaron los hombres.

Por otro lado, hay que solventar el hecho de haberte comprado un vestido de tirantes para una boda en octubre, cuando ya todo el mundo va con abrigo. Que si torera, que si chaqueta, que si echarpe…

Adquirido todo esto, ¡ya podemos decir que estamos listas!.

Si eres hombre:

Te pones el traje de las ocasiones, o lo alquilas si no tienes.

Si pensáis que los hombres son unos afortunados por la sencillez de la preparación estáis equivocados. Es una trampa. Hay que ponérselo fácil para que accedan cuando una mujer les pida que sean sus acompañantes. Y es que los hombres tienen una misión indiscutible en una boda, además de comerse todas las sobras del convite: ejercer de perchero. Cuando la mujer decide salir a echarse unos bailoteos y lucir el tirante del vestido, alguien se tiene que encargar de portar los zapatos de tacón, el echarpe, la torera y la mantilla.

No es fácil ser invitado a una boda. Por eso acaban vengándose de los novios haciéndoles alguna putadilla, del tipo darles el dinero en monedas de un céntimo, dejarles sin llaves de la casa, pincharles las ruedas del coche o cortarles los brazos y las piernas. ¡Que vivan los novios! Al menos lo suficiente para que sufran como invitados en las bodas de quienes fueron sus invitados.