Las galletas


Todos sabemos lo que es una galleta. Es un golpe propinado a mano abierta más o menos fuerte sobre la cara, normalmente de otra persona. Pero hay otro tipo de galletas de apariencia más amable, aunque de fondo mucho más oscuro. Esas galletas destinadas al desayuno o la merienda, que tanto nos gusta mojar en leche. Pero, ¿os habéis planteado por qué las mojamos? Pues porque no hay un dios que se las coma en seco. Cada mes mueren aproximadamente mil personas incautas en el mundo por atragantamiento con galletas. Cuánto mal hizo Triki, que desde niños nos hizo pensar que era posible atiborrarse de galletas a palo seco sin sufrir consecuencias. Claro, ¡como él no se las tragaba!.

Las galletas no sólo se dividen en redondas y cuadradas, sino que cada una tiene su propia personalidad. Eso sí, todas tienen en común que son traicioneras, aun cuando decides mojarlas. Tenemos por un lado las galletas “impasibles” que cuando las mojas están igual de duras o más que antes de mojarlas. A algunos hombres les pasa con estas galletas que cuanto más se hacen las duras, más quieren mojarlas. En el otro extremo están las “blandengues”, esas que se deshacen nada más entrar en contacto con la leche para perderse desintegradas en la inmensidad de la taza. Las hay tan pusilánimes que se han dado casos de galletas que se deshacen sólo con el vaho de la leche caliente. Finalmente encontramos a las galletas “japutas”: las mojas, las sacas blanditas pero enteras, que parece que te dicen “acércate más para comerme, mira qué rica y jugosa estoy” y cuando lo haces, se descuelgan con todas sus ganas para caer con una violencia tal que provocan un tsunami de café que va directo a nuestra ropa mientras nos quedamos mirando con cara de tontos el trocito de galleta seca que nos quedó en la mano. Son dadas a hacerlo sobre todo cuando vamos de punta en blanco o tenemos prisa porque llegamos tarde al trabajo.

Yo creo que las galletas no quieren ser comidas, y por eso llevan a cabo todas estas tretas. Pero lo que no saben es que el ser humano es de naturaleza masoquista y muy dado, entre otras cosas, a desayunar aquel producto que se hace el duro, no se quiere mojar y le deja tirado en el peor momento. Al fin y al cabo, es lo mismo que le ocurre cuando decide votar a un partido político.