Las parejas

Muchas personas que están solteras añoran tener una pareja. Lloran a moco tendido con las historias de amor de las películas, se enternecen viendo parejas de viejecitos paseando de la mano y se mueren de la envidia viendo a los jóvenes retozar en los parques.

Lo que no saben, porque tampoco lo explican en las películas, es que la pareja es el peor enemigo que uno se pueda echar. No las parejas de unos meses, donde la gilipollez aturde, sino las que duran un poco más. Llega un día que todo el dulzor se torna escozor. La pareja se vuelve capaz de sacar lo peor de uno mismo, de hacer pasarse al lado oscuro de la fuerza para robarle el bocadillo a Darth Vader.

Hay un momento cumbre que marca el inicio de una nueva era en una relación: el primer pedo. Ese pedillo tímido, que sale en un momento de relax de su portador, es muy traicionero. Y no para el que se lo tira, al que sólo le supone unos minutos de rubor, sino para su pareja. Lo único que le sale a uno es reírse de tal ridículo gas, sin saber que con ese gesto está firmando una autorización a que, a partir de ese momento, aparezcan todo tipo de productos gaseosos por diversas vías,  en todo su esplendor si así fuera necesario, y en ocasiones aunque no lo sea. Claro que esto no se puede generalizar a todas las parejas. Las hay que prefieren respetar al otro guardando los gases para sí. En Ohaio hay una pareja de ancianos que celebraron sus bodas de oro por todo lo alto, en concreto en la estratosfera, a donde llegaron gracias a los gases acumulados durante todos esos años de amor. Pero, hay que reconocerlo, el primer pedo es una muestra de que una relación va viento en popa y de que beben los vientos el uno por el otro. Llegado el día, si los miembros de la pareja deciden finalizar la relación, se mandan a tomar vientos frescos y respiran tranquilos.

A veces las parejas buscan compartir actividades con otra pareja de amigos, por ejemplo jugar a un juego de mesa que implique tener que fastidiar de alguna manera a otros para ganar. Ahí tu pareja se convierte en diana de todas las putadas, lo que conlleva discusión asegurada. En ocasiones la mujer trata de amenazar al hombre “¡como mates a mi explorador de nivel 5, hoy te quedas sin sexo!,lo cual no surte efecto, porque el hombre le responde “ah, pues como todos los días, ¡así por lo menos me desquito!” y lo mata. Otras son más listas y amenazan con lo que de verdad les llega a los hombres “¡como mates a mi explorador de nivel 5, mañana le digo a mi madre que venga a comer a casa!, y no falla, no sólo no lo matan sino que empiezan “sutilmente” a cometer fallos que “casualmente” facilitan que la mujer gane la partida.

Pasar tiempo en plan parejita tampoco arregla mucho las cosas. Es decidir ir a ver una peli al cine y la polémica está servida. Uno se empeña en ver esa en la que salen todos los mitos de las pelis de acción juntos, mientras que la otra prefiere aquella que ha obtenido tantos premios de la crítica por su trasfondo social. Sea cual sea finalmente la película elegida, ambos salen perdiendo. El que no quería verla, porque ha pagado a precio de oro el pasar dos horas sentado aguantando un bodrio, y el otro porque durante toda la película tiene que ver las caras de indignación del primero y escuchar después durante tanto tiempo o más del que duró la película, los consiguientes comentarios y quejas: que si esa peli sólo es un conglomerado de músculos y testosterona, que si la otra es más aburrida que jugar al baloncesto con un balón cuadrado… Claro que a ellos les sale aún más caro porque, para compensar el daño, les toca a la semana siguiente ir a ver el Cascanueces, y eso ya no hay efecto explosivo, cochazo ni salto mortal con patada lateral que lo compense.

Una de las actividades más desagradables para realizar en pareja son los deportes de equipo en los que surge el afan de ganar a los demás a costa de dar órdenes a la pareja como “¡sube!”, “¡baja!” “¡salta!”, “¡no saltes!”, “¡corre!,”¡no corras!”, “¡más a la izquierda, nooooo, más a la derecha!, “¡chutaaaaa, chutaaaaa!”; o dar consejos útiles para que mejore la técnica “¡¿¿pero quieres darle??!”, “¡¿por qué tiras ahí?!” “¡muévete, que te pesa el culo!”, “¡mañana no te dejo repetir cocido!”. Aunque nada comparable con cómo se ponen los chicos cuando la chica, por hacer algo juntos, decide jugar una partida con él a la consola. Dan órdenes “¡sube!”, “¡baja!” “¡salta!”, “¡no saltes!”, “¡corre!,”¡no corras!”, “¡más a la izquierda, NOOOOOOO, más a la derecha!”, “¡chutaaaaa, chutaaaaaAAaAAaAAAaaAAAAAAAA!” pero con los ojos inyectados en sangre, soltando espumarajos por la boca mientras les gira la cabeza a lo niña del exorcista y sostienen el mando con tal tensión que las venas de los brazos parecen calabacines.

Hay otro tipo de actividades que, por razones médicas, no se pueden llevar a cabo juntos. Por ejemplo, la alergia que tiene por lo general el género masculino a las tiendas y centros comerciales. Está absolutamente desaconsejado el contacto de los hombres con estos lugares, siendo recomendado el reposo domiciliario. En caso contrario, las consecuencias pueden ir desde la simple urticaria, a una grave hinchazón de la zona genital. Cuentan que una vez un hombre llegó a estallar en la cola de los probadores de un Berska en rebajas.

Así que cuando veáis a una tierna pareja de enamorados mirándose con ojillos de felicidad, pensad que sólo hay dos posibilidades: o acaban de empezar a salir, o están contentos y sonrientes porque están maquinando cómo le van a devolver al otro la última de Van Damme.

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Una pequeña historia

Esta es la historia de una pequeña medusa que no era de mar, y que falleció en terribles circunstancias.

En otro tiempo, en los colegios había profesores que inculcaban a sus alumnos el interés por aprender. Entonces, esta medusa, tan transparente que era invisible, se paseaba por las aulas picando a los niños aquí y allá, de una manera tan divertida que no sólo no les molestaba, sino que les despertaba las ganas de saber más y más. Hasta que un día todo cambió, los profesores acudían a clase para contar largos textos que desmotivaban a los alumnos.

A partir de ese día, la medusa, llamada Curiosidad, comenzó a sentirse más y más débil, a causa de la inactividad, hasta que murió.

Ahora vaga por la eternidad, esperando que la frescura de algún joven profesor reanime su alma y la Curiosidad pueda volver a picar a los niños.

La fauna y flora nocturnas

Cuando se oculta el Sol, desde la forma de vestirnos, hasta la manera de la que actuamos cambian. Las mujeres que por el día se han echado colonia de bebé, por la noche se vaporizan intensos perfumes, mientras que los hombres que a la mañana olían a axila revenida, cuando llega la noche atufan a una mezcla entre la axila revenida y un desodorante con el cual, según anuncian en la tele, las mujeres caen rendidas a sus pies; y no es de extrañar que caigan redondas, semejante peste te golpea en la nariz con más fuerza que un derechazo de Mike Tyson.

Salir de noche permite contemplar especímenes de día inusitados:

“El cuarentón trajeado”, se pasea por todo el bar copa en mano, arrimándose a los grupos de gente como si estuviera perfectamente integrado pero sin hablar con nadie y más pedo que Alfredo. Guarda para sí la intrigante historia de lo que ocurrió entre que se puso el traje de chaqueta y corbata en su casa y llegó al bar. Todo un misterio.

“La despedida de soltera”, fácilmente reconocible por ser un grupo de chicas con un pene en la cabeza que piropean a grito pelado a todo hombre con el que se cruzan.

“El ligón solitario”, ese maromo “typical spanish” que lanza miradas obscenas con los codos asentados en la barra y que, ante la evidente señal de tu cara de asco, decide atacar como si tuviera alguna posibilidad con la demoledora frase “Hola guapa, ¿vienes mucho por aquí?”.

“Los divorciados”. Los hombres provenientes de matrimonios rotos son los más marchosos de la disco, sacan a todas las chicas a bailar y de paso aprovechan para arrimar cebolleta.

“Las divorciadas”, mujeres desatadas con gusto por un estilismo muy particular consistente en zapatos de tacón, falda muy corta, una carrera en las medias, y mínimo una prenda con estampado de leopardo; en cuanto a maquillaje, es importante que sea recargado y con la máscara de pestañas corrida.

“El pavo real” es aquel que en los bares despliega todos los medios a su alcance para que la hembra se fije en él. Entre sus conductas de cortejo se encuentra el roce “casual”, consistente en pasar varias veces hacia el baño, como si estuvieran mal de la próstata, por al lado de la hembra, pasando el brazo por su cintura y pronunciando la palabra “disculpa”. Si así no consigue llamar su atención, el pavo baila desencajándose las caderas, canta desgañitándose y agita la melena al viento mientras echa miradas furtivas para comprobar que la hembra se ha fijado en él. Como último recurso, se acerca de forma “disimulada” y se planta a su lado, esperando a ser visto para proceder a atacar (o no).

“El vendedor de flores”. Este señor, típicamente de nacionalidad india, se encarga de cortar el rollo en los bares poniendo delante de la cara de las mujeres un ramo con flores, e insistiendo para que el chico con el que van, da igual que sea su novio, su primo o su vecino, les regale una. Animan al ligón solitario y al pavo real a ser aun más pesados. También les gustan los objetos con lucecitas de colores, llevándolos puestos a menudo para que los más horteras del lugar, atraídos por las luces que se encienden y se apagan, vayan a comprar una diadema de cuernos con luz intermitente o unas gafas de montura chispeante que lucirán dichosos el resto de la noche.

Merece por tanto la pena salir por la noche, meterse en el rol de observador, casi antropólogo, y admirar estos curiosos comportamientos nocturnos que se pierden aquellos que no son dados a trasnochar.

¿Conocéis algún otro especímen de la noche?